domingo, 18 de junio de 2017

tacto, manos

TACTO, MANOS

Las he sentido en mí, he seguido esa invitación a habitarme, y en ello estoy. Me siento, me noto. Voy desplazando mis manos por el cuerpo, como exploradoras en terrenos que redescubro. Y me llevan al cuello, ahí detrás, ahí se apoyan y se hunden. Duele un poco, y al rato placer.

Ahí empieza mi espalda. Ahí siento la presión del aguante, la rigidez que no sabía, el malestar que no notaba. Ahí. Y se paran un poco, esas manos. Siento su calor, y el frío. Manos calientes tocando ese inicio de espalda, casi helado. Manos que me apetecen, y las dejo ahí, que se estén, que apacigüen, que calmen.

Me alivio. Siguen ellas, casi autónomas y sorprendiendo. Y transitan a sus anchas por mi espalda, que se deja, que se abandona. Qué rareza, ese abandonarme a mí misma, como dos yos, como disociada. Eso es. Manos, activas, cuello, hombros, espalda, que las reciben. Y cuando imagino que van a seguir por el pecho, por los brazos, como yo quiero... en un ¡zas!, me las encuentro en la cara.

¿por qué?, ¿qué hago?. Las manos me tapan los ojos, con fuerza. Siento los dedos ahí hundidos, las palmas invitando a dejarse caer en ellas. Y ese gesto, ese gesto, en el que me quedo, en el que permanezco, no sé cuanto tiempo, me lleva un cierto ahogo. Y algo, un impulso, nacido en la garganta, me hace dar un grito. Ese grito, lo siento así, parece haber liberado alguna cosa que tenía ahí prisionera, como ramas que impiden el recorrido del cauce de un río. Brotan lágrimas en mis ojos. Las he querido frenar, pero qué tontería, ¡que salgan!. Y salen, ya lo creo, salen a borbotones. Salen y quiero gritar más. Y puedo hacerlo, ¡puedo!.

los dedos llegan a la frente, y tiran para atrás el pelo, entro en el cuero cabelludo y vuelvo a presionar de forma agradablemente fuerte. Me siento en mí. Mi grito es sonido armónico, mi grito, ahora, es cante.

Mis manos se encuentran. Empiezan a palmear.









 


sábado, 6 de mayo de 2017

Quietud (iniciando una sesión de Flamencura, flamenco-terapia)

Tras la inspección de rigor, para situarse visualmente y con todos los sentidos, con ese rato de pasear y notar el cuerpo, así, por encima, como un rápido escáner, los he invitado a buscar un lugar se la sala y situarse ahí, quietos, en la postura que apeteciera. Esa ha sido la consigna en este momento.
A parar.
Parar cuando se viene a un taller de movimiento y expresión, sí. Hemos empezado con esa invitación a parar. Paro para sentirme, paro para ver qué sucede cuando me topo con el silencio. Paro.
A mí me ha costado tanto, me sigue costando tanto!. He sentido tantas veces mi cuerpo irse de mí!, mejor dicho, irme yo de mi cuerpo.  He sentido cómo mis extremidades se deshacían en aspamientos, mis piernas se movían, y los brazos, y las manos. y toda yo, en expresiones desconectadas. Más o menos adecuadas a la situación, más o menos rítmicas, más o menos engañada por mí misma, creyéndome que expresaba, que estaba dejándome, que estaba soltando. ¿Soltando?. Tras muchos años de tránsito por el camino del análisis personal, voy descubriendo que hay algo inmóvil ahí, algo que no quiero que se inmute, que permanece protegido por fuertes corazas que lo defienden contra viento y marea. Y conectar con ese algo, he visto, se hace a fuerza de silencios, a fuerza de eliminar las prisas y los referentes inmediatos. Conectar con ese algo, sí, se consigue caminando hacia la quietud. Y verdaderamente es cuando nace el movimiento de verdad, el movimiento orgánico, el movimiento vivo. Ese que surge de la armonía que acompaña a todos los procesos saludables de la vida.
Podremos más o menos, estaremos más o menos predispuestos, pero cada invitación a parar es una oportunidad, un camino hacia esa puerta que nos va a llevar ahí dentro.
Por eso los he llamado a estar en ellos, y cada uno ha ido a un lugar, el suyo, el que le ha parecido, y se ha dejado en la postura que su cuerpo ha convenido. Veo cómo esa postura cambia a medida que pasa un rato, y me alegra que así sea. Percibo una búsqueda real de ese "estar como me apetece estar". Silencio. Silencio todavía, silencio aún.
Quietud. Nos escuchamos respirar, el roce sutil con el suelo, un carraspeo, un recolocarse, un suspiro, A veces alguna muestra de sorpresa, algún malestar.
Quietud. Y cada uno va entrando dentro suyo, hasta donde puede, hasta donde se permite. Desde ahí vamos a partir, ese es el punto.
Los veo, los vemos, esos cuerpos empiezan a ser más ellos. Son hermosos.
En el silencio de la sala, respetuoso, sereno, potente y contenedor, empieza a escucharse el ritmo del cajón flamenco.
Vendrán más ritmos, y temas que hemos preparado, y otras dinámicas. Reiremos, lloraremos, transitaremos por emociones, ocuparemos espacios y tiempos, nos empaparemos del cante flamenco, de la potencia de sus variados palos. Cada sesión diferente en este proyecto Flamencura, de flamenco-terapia.




 Los movimientos, cada uno los suyos, han ampezado a nacer de ahí, de la quietud.
¡va por vosotros!

lunes, 25 de julio de 2016

El flamenco y el crecimiento personal, de la mano



FLAMENCURA

Flamenco-terapia para el desarrollo personal.

Presentación. La esencia

El flamenco y el crecimiento personal, de la mano

El destino nos hizo encontrarnos en la vida y se cruzaron nuestras trayectorias vitales y profesionales. Así nació este proyecto.


Un músico percusionista se topa con una psicóloga psicocorporal de orientación reichiana. Proceden de mundos profesionales aparentemente dispares, el mundo artístico, los escenarios, los tablaos, por un lado; del otro, el diván, la sala de dinámicas de grupo. Dos caminos aparentemente tan distintos se encuentran. Y convergen. Nace un intercambio. Se dan cuenta de que les mueve lo mismo, exactamente lo mismo: ¡ayudar a la gente!
“quiero emocionar, quiero que a la gente de a su alma la fuerza del flamenco”
“me gusta el flamenco, salvaje, sin ataduras, sin imposiciones”
“me siento en plena madurez personal y profesional, quiero transmitir”
“me doy cuenta de la importancia de conectar con nuestras emociones más profundas…”
Empiezan a acariciar la materialización de un deseo, una idea que les rondaba de hacía ya tiempo, sin forma definida, sin pulir, pero poderosa:

utilizar la fuerza del flamenco para ayudar.
 Hacer aflorar la expresión, aliviar tensiones y vitalizar.

Jesús López, percusionista, lleva toda una vida de entrega al público, saboreando experiencias intensas en los tablaos, los escenarios, la diversas salas en las que ha actuado, viendo cómo desde la autenticidad que ofrece mueve el sentir de los presentes.


Su flamenco, al que califica de “salvaje”, “sin aditivos”, es verdaderamente puro. Su hacer muestra la esencia de un cante y un ritmo que nació en el pueblo como forma expresiva sin más, con el único fin de dejar salir emociones y sentirse mejor con uno mismo, para llegar a una liberación personal y grupal también. Una vieja gitana decía  “cuando canto, mi boca sabe a sangre”.  










Por su parte, Encarna Leiva, a partir de su especialización en terapia reichiana, trabajando la expresión de emociones con el cuerpo, ha ido acercándose a los mediadores artísticos, y en concreto, a la danza, como formas de acompañar al crecimiento personal y la expansión vital. Tras asistir a una clase de cante y baile flamenco, de Andrés Cabrales,  se le abre a un nuevo mundo que, dicho sea de paso, la hace conectar con sus raíces andaluzas.
A partir de aquí se inicia un proceso de estructuración y materialización, y aquí os lo empezamos a ofrecer.


Un poco sobre terapia…
Terapia psicocorporal
El “yo” primero es cuerpo. Todas las emociones se fraguan en el cuerpo y habitan en él. Podemos decir que históricamente el precursor de las múltiples terapias corporales que actualmente conocemos, fue Wilhelm Reich, dicípulo directo de Freud. Tras darse cuenta de que era mucho más importante el cómo decía las cosas el paciente que el qué decía en sí, inició su propia línea de investigación que lo llevó a desarrollar todo un paradigma. Sin extendernos demasiado, diremos que hablaba de la potencialidad pulsátil del ser humano, que se va acorazando y debilitando a partir de una serie de trabas en el proceso evolutivo. Para devolver al cuerpo la vitalidad perdida, con la capacidad perceptiva y de contacto que ello conlleva, estableció todo un trabajo de desbloqueo actuando con el cuerpo. La sistemática que aplicó llevaba un orden coherente, de cabeza a pies (céfalo-caudal), y pasaba por los diferentes segmentos corporales hasta llegar a la pelvis.




Segmentos corporales
Brevemente los citamos:
·         Segmento ocular. Ojos, nariz y oídos. Es el asiento del contacto a distancia y de las áreas de integración
·         Segmento oral. Boca, mandíbula y anexos. Se relaciona con el acceso al placer oral.
·         Segmento cervical. Cuello, tórax alto, brazos. Elementos pregenitales, se relacionan con el narcisismo.
·         Segmento torácico. Donde se asienta la identidad biológica, inmunitaria, la diferencia yo-no yo.
·         Segmento diafragmático. El diafragma es una bomba impulsiva que participa en la respiración, circulación, digestión, fonación. Su bloqueo se relaciona con el masoquismo.
·         Segmento abdominal. Comprende músculos abdominales, paravertebrales y vísceras. La funcionalidad de este segmento es la absorción energética, eliminación de residuos, y depuración del medio interno. Es el pasaje a la genitalidad.
·         Segmento pélvico. Incluye la pelvis como estructura ósea, la musculatura del suelo pélvico y las piernas. Una buena carga energética aquí nos lleva a estar bien asentados para “ir hacia” el mundo y relacionarnos desde la seguridad, de forma saludable.

El proceso terapéutico (desde la orientación reichiana)
Desde el nacimiento, e incluso en la vida intrauterina, por las circunstancias de la vida, podemos sufrir un proceso de contracción vital que nos hace perder energía, nos quita parte de la pulsación expansiva,  el goce de vivir. La terapia, incidiendo sobre los segmentos corporales a partir de “actings” neuromusculares que nos conectan con nuestra historia, produce cierto ablandamiento de la coraza, llevando de nuevo al cuerpo a un más fluido funcionamiento.



Mediadores artísticos
Nos ayudamos de herramientas convergentes, de diversos campos, para nuestro trabajo de devolver la pulsación vital al cuerpo. Dentro de ellas, la expresión corporal es tremendamente importante. Este trabajo siempre tiene en cuenta el movimiento orgánico, llamado también biofuncional desde el prisma reichiano. Nos acercamos a los cuerpos de una forma sensitiva. En palabras de Joaquín Benito, de la asociación Alfa Institut: “El movimiento orgánico, es el movimiento natural, fluido, armónico, libre y equilibrado. El movimiento propio de un cuerpo sano, libre de tensiones, bloqueos e inhibiciones. La manifestación de un cuerpo sensible, flexible y expresivo”.


Y sobre el flamenco…

La fuerza del flamenco
Haciendo un repaso de diversas disciplinas, nos ha llamado poderosamente la atención la fuerza del flamenco para movilizar y desbloquear.
El flamenco transmite alegría, ganas de vivir, pero también saca la rabia, saca el quejío, el llanto, la desesperación más absoluta. Todas las emociones tienen cabida en el flamenco, que ayuda a canalizarlas, les da forma, las ennoblece y las respeta. A todas, todas las emociones, lo queremos destacar. Nos permite conectar con la completitud del ser humano, con sus luces y sus sombras.
Bailando, tocando, cantando, entra todo el  ser, estremeciéndose. La voz sale profunda, la mirada se puede clavar, se hincha el pecho, pisan fuerte las piernas en un taconeado contundente. Y de la rotundidad podemos pasar al sinuoso movimiento de manos, que parecen flotar, la cadera que se contonea, el paso que se enlentece…
El flamenco ofrece la oportunidad de sentir la respetuosa mirada del otro. Nada como el flamenco para entrar en el “Yo soy”. El flamenco favorece este “mírame, estoy aquí, admírame”. La identidad se refuerza con el aplauso, el jaleo, la mirada cómplice, el sentido de pertenencia. Todos en el corro tienen su lugar, su espacio y su tiempo. Todos “forman parte de”.


“Hemos mamado el flamenco, nos hemos impregnado de su fuerza desde nuestra más tierna infancia, ¡desde la cuna!. Nos ha ayudado tanto, nos ha aportado tanto en los vaivenes de la vida, que ahora nos apetece, nos sentimos en la obligación, de transmitir esa intensa experiencia”.
Así es que ofrecemos este curso completo, o una muestra del mismo (ver ambos en www.facebook.com/flamencura.flamencoterapia). Un tránsito por los segmentos corporales de la mano del flamenco para el desbloqueo de los mismos y abrir la percepción. Que fluya el río de nuestra energía.
“Vemos cómo en sus sillas, aplauden, gritan, lloran o explotan de alegría. Vamos a enfocarnos en ellos, vamos a darles protagonismo”
“He visto cómo necesitan mover los brazos, apretar firmemente los puños, llorar, desgarrarse. Démosles la oportunidad”


Así surgió esta propuesta. Centrándonos en las personas. Lo dirigimos a todos aquellos que quieran conectar con su capacidad de expresión corporal a través de la voz y los ritmos flamencos, sintiendo las emociones. Para desbloquear tensiones y acercarnos al goce de vivir. No es necesario tener nociones de canto ni de música.

No vais a ser meros observadores que se limitan a aplaudir, no vais a ser alumnos concentrados simplemente en reproducir letras o ritmos. Os vamos a dar la oportunidad de entrar en vosotros, en ver qué resuena en vosotros a partir de las canciones, de la percusión, de los ritmos. Dejaros sorprender por el cuerpo, su movimiento, dejar salir de dentro a fuera a partir del despertar que os vamos a facilitar. Vosotros sois los protagonistas,
Vais a crear, vais a ser”.

“Abrid los ojos, experimentad con las miradas, las que se clavan, las esquivas, las que se niegan, las que imploran…”

“Vamos a despertar los cuerpos, a dar la oportunidad de adueñarnos de partes dormidas, silenciadas… Vamos a habitar nuestro cuerpo para poder decir bien fuerte YO SOY”
“vamos a dar fuerza a nuestras manos, a dejar salir la voz”
“vamos a permitirnos llorar y daremos libre salida al quejío”
“Vamos a vernos y ver al grupo, entraremos en ritmos conjuntos, aprenderemos a armonizar desde el contacto sensitivo, crearemos un todo y gozaremos por ser parte de ello”





martes, 28 de junio de 2016

shhhhh... Apología del silencio

Entro en él, movida por las circunstancias, a regañadientes, distraída aún por murmullos y conversaciones. Entro, sin yo querer. Y aún entrando, mirando para atrás por no alejarme de pitidos, motores, risas y llantos, charlas sobre uno y otro tema, martilleos, tecleos, caminares, aspamientos. Giro la mirada y entro. Ya estoy. Aún tengo en la cabeza el poso, como un eco. Me sacudo. No lo quiero, me he dado cuenta de que me molesta. He entrado y de vez en cuando miro atrás de nuevo, como buscando un amparo, un agarre, un puntal, una mano que me estire, o me retenga, un requerimiento al que responder. No los hay. Desisto y entro. Yo no quería, pero aquí estoy.
Se acallan sonido y movimiento. Atrás quedaron las voces. No hay nadie más, sólo yo. Estoy quieta, tengo miedo. Sola quedo, sola me siento. Nadie más, nada más.
Y me llega el latido rítmico del corazón, la sangre bombeada que recorre mi cuerpo con sus ríos serpenteantes. Noto el calor que produce. Me hormiguean las manos. Una, dos respiraciones, tres, reparando en ello, tomando conciencia del pulsar, entrando en mi. Soy yo. Duele la zona entre las costillas, ¡duele!. Pero nada puede distraerme de ese dolor y en él me quedo. Es como una bola, un nudo ahí, bajo el pecho. Se me ocurre verlo de color gris. Y pongo la mano encima. Es mío, mi nudo gris entre las costillas. Ese nudo viejo conocido al que apenas he permitido asomar en mi vida. Ahí está, impidiendo algo, bloqueando una libre pulsación. Pero es lo que hay. Sí, en mi centro, ese núcleo del que tanto se ha hablado y teorizado. ¡No!. No quiero teorías, quiero sentirlo tal cual es, tal cual se manifieste en mí, con sus matices y sus particularidades. Me apetece que me llegue en toda su crudeza, quiero conocerlo. ¡No! ¡Tengo miedo!. ¿qué es ese miedo?. Tiemblo un poco, aunque me alivia sentir el bombeo continuo del corazón, reparo en ello. Bum, bum, bum, el ritmo que no cesa. Veo que tomo aire, y me lleno, y me vacío. Soy yo, estoy viva. Y esa es la vida que vive en mí. Soy mis manos vibrantes, mis pies calientes, soy también mi respiración entrecortada y... ese nudo.

Ya llevo un rato, instalada en él, en el silencio. Y ahí la acción vibrando, la vida latiendo. Shhhhh, silencio. Que es pausa, que es contacto, que es necesidad. ¡Silencio!, que me quiero seguir escuchando de verdad, que quiero sentirme, que me estoy haciendo conmigo.

Entré en el silencio movida por las circunstancias. Lo agradezco.







domingo, 24 de abril de 2016

del camaleón al jilguero

Estaba paseando en muy buena compañía. La mañana invitaba al paso tranquilo y al disfrute, a parar a oler, a mirar al cielo despejado y sentarse a escuchar los cantos alegres de los pájaros. La mañana llevaba al abandono, a la contemplación y al perezoseo. Notaba hundirse un poquito, bajo mis pies, la tierra húmeda de lluvias recientes, sentía el frescor en la cara, el despeje del agua caída... Bienestar... bendito bienestar...
En un momento, ahí, cerquita mío, se plantó, casi descarado. ¡Míralo!, un... ¿cómo se llama?, ¿cómo era?, sí, mi abuelo lo llamaba "colorín"... Un... ¡Eso!, ¡un jilguero!. Agarrado a la rama, liviano y juguetón, se permitió rápidos movimientos, casi exhibicionistas. Parecía que quería que lo viera bien. Hacía mucho que no veía uno de estos pájaros. Los recuerdo bastante de niña, cuando mi abuelo los tenía en jaulas, cosa que no me gustaba nada... Ahí, delante de mis narices, a escasos metros, uno de esos. Lo observo sorprendida y cauta me acerco un poco más. No parece temerme, más al contrario, quiere regalárseme. Se sacude juguetón y me ofrece sus colores, ese poco de amarillo, ese tanto de negro, la manchita colorada... "Colorín te llaman también". Sencillo, pequeñito, suelto y presumido, disfrutando de ser... Colorín que me saluda y me trae otros olores, otras tierras, otros acentos... Y, por supuesto, otra sorprendente, gratificante y vibrante forma de estar en el mundo. Sé de su canto también, potente y expansivo.
Soy Encarna Leiva Prados, hija de Paco y de Pepita, y nieta de Manuela, José, Encarnación y Frasquito José. Soy psicóloga terapeuta de orientación reichiana. Soy hija de una peluquera y un trabajador en la cadena de montaje de s.e.a.t.  ¿A santo de qué viene ésto?. ¡A santo de mostrarse!. Me ha apetecido hacerlo. Eso es.
He hablado mil veces de la disociación y de los hiperadaptados. He hablado de cómo utilizamos determinados mecanismos de defensa para sobrevivir, y entre ellos, he destacado en muchas ocasiones la capacidad disociativa de los seres humanos. Cómo encapsulamos sentimientos, cómo arrinconamos emociones, como vivimos vidas en compartimentos sin integrar, ¡cómo nos escondemos!. He hablado mucho de camaleones, bello animal, tan diferente al jilguero... Camaleón, que toma el color del ambiente, siempre alerta, que cambia constantemente, que esconde su belleza en pos de la superviviencia. Camaleón que es y deja de ser, que se encoje, se congela, se tiñe, se transforma... y no se ve. Como nosotros en tantas ocasiones. Claro, para que no nos hagan daño, no nos hieran, no vayan a por nosotros... Normal... Pero ¿saludable?
Llega un punto en que uno puede llegarse a dar cuenta de que se paga un peaje demasiado caro, que el gasto de energía empieza a ser alarmante y que la vida no fluye como debiera. Llega un momento en que, si tomamos contacto con nosotros mismos, sentimos que a lo mejor nos hemos pasado un poco, y que queremos que nos vean, queremos compartir, mostrarnos y disfrutar con la gente.
El colorín se me regaló. No era vanidad, era alegría de vivir. Luego emprendió el vuelo, travieso, despreocupado... Y me dejó agradecida, sintiendo formas de vivir que también son posibles... 'Vibrante forma de estar en el mundo!






domingo, 17 de abril de 2016

y un, dos, tres, cuatro... (el ritmo)

Como me han dicho hace poco, dile al cienpiés que nos explique cómo se las apaña para caminar. En lo que se pare a analizar, seguro, se liará con sus tantísimas patas.
Estoy llevando el ritmo con las manos y los pies en un curso de flamenco. Al lado, una chica está mirándome y tratando de copiar. Al final me pregunta: ¿cómo se hace, tres palmadas y una con los pies?. Me quedo parada, me he puesto a pensar y ya he perdido el compás. Salgo del paso y le contesto "no lo sé"... No sé, francamente, cómo lo hago. Me mira con cierta frustración. Me había dejado llevar, simplemente eso, había observado un rato y después, como en volandas, había entrado en ese ritmo común creado en el grupo. Ahí estaba el cantaor, totalmente entregado en sus coplas, mostrando diferencias entre soleá. soleá por bulerías, y bulerías. Su enseñanza, con la práctica, su ejemplo dejándose invadir por el sentir. Ahí estaban los alumnos, algunos tratando de seguir con el alma, otros, con la cabeza.
Y me viene reflexionar sobre el ritmo, sobre todos los ritmos, desde los primeros... Desde la pulsación de dos células que se hicieron una, "pum, pum, pum, pum", tensión, carga, descarga, relajación...el latir de la vida, que se traslada al bombeo continuo del corazón... "un, dos, tres, cuatro...", expansión, contracción, movimiento que se acentúa, que marca la armonía de los seres animados. Seres, pequeños seres fuimos, en crecimiento, llevados por los ritmos. No había linealidad en nuestro desarrollo, había un pulsar. Y fue muchísimo antes de que el córtex se desarrollara.
Imagino a las células, aumentando de tamaño, especializándose, adquiriendo formas variadas dependiendo de su función, con el "pum, pum, pum, pum" de fondo, sintiendo de alguna manera esa música que las lleva a multiplicarse. Y más tarde, ya conformados en pequeños seres, con nuestra forma humana, con las extremidades, la cabeza, el tronco... empezamos a oír, en el vientre materno, el latido del corazón del ser que nos alberga. El oído, el primer sentido que se desarrolla, dicen, va incorporando su primera música, el latir sin cesar, reconfortante, reasegurador. Y vienen otros ritmos, otros movimientos que se superponen, mezclándose, creando un todo colorista, aparentemente caótico tal vez, pero con una gran coherencia que da bienestar, que produce confianza básica. Ritmos... "un, dos tres, cuatro...", que crecen en complejidad y se aceleran o frenan, suben y bajan, van... y vienen... Ahí nosotros, seres humanos, formándonos a partir de ello, teniéndolos como fondo, sosteniéndonos en ellos, meciéndonos, para... vivir.
Y ese ser, sintiente, que no pensante, se abandona al vaivén... Y así debería también ser el nacimiento, ese abandono a ritmos de contracciones que llevan al desplazamiento por el canal del parto. Y un, dos tres, cuatro, tensión, carga, descarga, relajación... Ritmos, ritmos, que se sienten desde dentro, que nos empujan a salir, una y mil veces. Del vientre materno, del cobijo de nuestros padres al inicio de la socialización, de casa, en la adolescencia y edad adulta...
Ritmos comunes... en las relaciones, en los bailes de la vida, entradas en oleajes energéticos que nos llevan a actuar armónicos, creando un todo entre muchas individualidades... Ritmos en el encuentro sexual, cuando dos cuerpos se funden en el abrazo genital...
Y ritmos... que se entorpecen, también, cuando entra a destajo lo que no toca, cuando se desajusta el tempo necesario y se violenta el proceso. y se entorpecen, y mucho, cuando desde el córtex, la última capa de cerebro, la que se formó más tarde y se encarga del razonamiento, quiere tomar el mando absoluto anulando todo el trasfondo preverbal. 
Para, para, le hubiera dicho a aquella chica, escúchate a ti, entra en ti y no mires para fuera. Apaga el razonamiento, fluye, déjate llevar sin miedo... El ritmo, ese ritmo interno, esa fuerza de la vida, aparecerá. Usa el alma, no la cabeza...






(desde aquí, gracias, Jesús, y gracias Andrés, por tu taller "Jaleando")


domingo, 27 de marzo de 2016

niño herido...

(Se lo quiero dedicar a ese otro niño herido, ya hombre, el que, desde su propio desgarro, me hizo el mejor de los regalos).

Apareciste poco a poco, entraste lentamente, desviando la vista, acercándote sigiloso. Una mirada furtiva y te fuiste a sentar al fondo de la sala, girado hacia la pared. Me senté a una distancia prudencial, ahí donde sentí que no te incomodaba, y esperé un rato. Tus ojos de nuevo, rápidamente, se cruzaron con los míos. Un flash, casi nada, pero tanto... había tanto ahí... Fue una súplica, un "¿me vas a hacer daño?", un "estate conmigo", un grito. Te escribo hoy, niño herido, a raíz de ese instante que me atravesó y se quedó grabado. Dos miradas, dos almas, dos cuerpos, compartiendo un espacio y un tiempo. Nada que ver, apenas nada que ver el uno con el otro. Tú iniciando la vida, yo ya en su mitad; tú a ramalazos y borbotones, yo ya con más pausa que prisa; tú a seguirme, yo a indicarte... Dos planos en un mismo espacio, en un mismo tiempo. Dos planos que se encuentran, apenas algo. Y en ese "algo", la esencia de la vida, niño herido. La esencia de nuestras vidas, la tuya, la mía.

Porque mis ojeras toparon con las tuyas, y mis guerras y tus guerras se fundieron en la profunda sensación de opresión injusta... y la rabia... y la pena que eso conlleva. Yo ahí estaba, con lo mío, ¿te creías que no, niño herido?, ¿me pensabas tranquila y feliz?, no... Y lo sabes, niño herido, en el fondo de ti lo sabes perfectamente. Yo ahí estaba con mis cicatrices, y con algunas roturas y rasguños, algunos tan recientes que sangraban. Yo ahí estaba, sentada, en esa prudente distancia, con mis pesos del pasado y del presente, con mis amores y odios, mis dudas y mis verdades. Ahí estaba, con mis desgarros y sus ciertas reparaciones; habiendo sufrido sed y hambre, como tú...
Vale, sí, nutrida también, cierto, porque la vida me ha dado, me ha hecho sentir que tengo, y que por ello puedo dar. Sí, con más sujeción, para poder ayudarte a ti a sujetarte, sí, con más trabajo hecho, porque con mis años me ha dado tiempo. Es verdad, estoy en posición de poder ayudarte, en posición de poder sostenerte, de ofrecerte esa mano más firme para que la tuya, desconfiada, se agarre.
Pero querido niño herido, ni a ti ni a mi nos recibió el mundo con respuestas sensitivas, adecuadas a nuestras demandas, a ninguno de los dos supieron mirarnos nuestros mayores para adaptarse a lo que necesitábamos. No recibimos el apoyo incondicional, el acompañamiento perfecto, el absoluto respeto a nuestros ritmos. No, no fue así, como sucede en miles de casos, es verdad. No fue así y nos vimos, nos vemos, abocados a mendigar amor, y luego a enfadarnos porque no lo recibíamos, y más tarde a entristecer o a ignorar, disociando.




Pero, ¿sabes?, ya hace muchos años que a mí me acompañan en un largo proceso para desbloquear lo bloqueado, para abrirme al goce de la vida y reaprender a disfrutar. Y siento que va dando sus frutos, que vale mucho la pena, y que, como tú has dicho (sí, lo has dicho tú, y me encanta), "lo mejor está todavía por llegar". A mí, a mi edad, me ha venido pasando así, abriéndome a la vida, ésta se ha encargado de ofrecérseme de la forma más sorpendente. ¡Vaya regalo!. Querido niño herido, ¿sabes?, confío plenamente en tus capacidades, sé ver el potente cachorro humano camino de convertirse en un fuerte joven. Dame la mano, no temas. Te acompaño a la puerta de salida para despegar el vuelo. Sé que la vida desea que la vivas, que está esperándote, ansiosa porque la experimentes, te adentres en sus entrañas, la saborees y le des los mordiscos que le quieras dar. Ya... ahora te parece lejano, casi imposible... Dudas muchas veces y te enroscas en ti mismo, con una queja, un mohín, un "estoy cansado...". Bajas la cabeza, se te encojen los hombros y se te hunde el pecho. No, no te rindas querido  ¡Que tú puedes!, Confía, tú puedes y vas a hacerlo.

Fue mágico, tras ese momento, ese cruce, esa empatía que trascendió lo entendible, una sonrisa tuya, otra mía. Surgió la sensación de tener en común algo que une irremediablemente.
Porque, querido niño, tu herida también ha sido la mía.

 Desde ahí, y no desde otro sitio, te acompañaré a volar.