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domingo, 27 de marzo de 2016

niño herido...

(Se lo quiero dedicar a ese otro niño herido, ya hombre, el que, desde su propio desgarro, me hizo el mejor de los regalos).

Apareciste poco a poco, entraste lentamente, desviando la vista, acercándote sigiloso. Una mirada furtiva y te fuiste a sentar al fondo de la sala, girado hacia la pared. Me senté a una distancia prudencial, ahí donde sentí que no te incomodaba, y esperé un rato. Tus ojos de nuevo, rápidamente, se cruzaron con los míos. Un flash, casi nada, pero tanto... había tanto ahí... Fue una súplica, un "¿me vas a hacer daño?", un "estate conmigo", un grito. Te escribo hoy, niño herido, a raíz de ese instante que me atravesó y se quedó grabado. Dos miradas, dos almas, dos cuerpos, compartiendo un espacio y un tiempo. Nada que ver, apenas nada que ver el uno con el otro. Tú iniciando la vida, yo ya en su mitad; tú a ramalazos y borbotones, yo ya con más pausa que prisa; tú a seguirme, yo a indicarte... Dos planos en un mismo espacio, en un mismo tiempo. Dos planos que se encuentran, apenas algo. Y en ese "algo", la esencia de la vida, niño herido. La esencia de nuestras vidas, la tuya, la mía.

Porque mis ojeras toparon con las tuyas, y mis guerras y tus guerras se fundieron en la profunda sensación de opresión injusta... y la rabia... y la pena que eso conlleva. Yo ahí estaba, con lo mío, ¿te creías que no, niño herido?, ¿me pensabas tranquila y feliz?, no... Y lo sabes, niño herido, en el fondo de ti lo sabes perfectamente. Yo ahí estaba con mis cicatrices, y con algunas roturas y rasguños, algunos tan recientes que sangraban. Yo ahí estaba, sentada, en esa prudente distancia, con mis pesos del pasado y del presente, con mis amores y odios, mis dudas y mis verdades. Ahí estaba, con mis desgarros y sus ciertas reparaciones; habiendo sufrido sed y hambre, como tú...
Vale, sí, nutrida también, cierto, porque la vida me ha dado, me ha hecho sentir que tengo, y que por ello puedo dar. Sí, con más sujeción, para poder ayudarte a ti a sujetarte, sí, con más trabajo hecho, porque con mis años me ha dado tiempo. Es verdad, estoy en posición de poder ayudarte, en posición de poder sostenerte, de ofrecerte esa mano más firme para que la tuya, desconfiada, se agarre.
Pero querido niño herido, ni a ti ni a mi nos recibió el mundo con respuestas sensitivas, adecuadas a nuestras demandas, a ninguno de los dos supieron mirarnos nuestros mayores para adaptarse a lo que necesitábamos. No recibimos el apoyo incondicional, el acompañamiento perfecto, el absoluto respeto a nuestros ritmos. No, no fue así, como sucede en miles de casos, es verdad. No fue así y nos vimos, nos vemos, abocados a mendigar amor, y luego a enfadarnos porque no lo recibíamos, y más tarde a entristecer o a ignorar, disociando.




Pero, ¿sabes?, ya hace muchos años que a mí me acompañan en un largo proceso para desbloquear lo bloqueado, para abrirme al goce de la vida y reaprender a disfrutar. Y siento que va dando sus frutos, que vale mucho la pena, y que, como tú has dicho (sí, lo has dicho tú, y me encanta), "lo mejor está todavía por llegar". A mí, a mi edad, me ha venido pasando así, abriéndome a la vida, ésta se ha encargado de ofrecérseme de la forma más sorpendente. ¡Vaya regalo!. Querido niño herido, ¿sabes?, confío plenamente en tus capacidades, sé ver el potente cachorro humano camino de convertirse en un fuerte joven. Dame la mano, no temas. Te acompaño a la puerta de salida para despegar el vuelo. Sé que la vida desea que la vivas, que está esperándote, ansiosa porque la experimentes, te adentres en sus entrañas, la saborees y le des los mordiscos que le quieras dar. Ya... ahora te parece lejano, casi imposible... Dudas muchas veces y te enroscas en ti mismo, con una queja, un mohín, un "estoy cansado...". Bajas la cabeza, se te encojen los hombros y se te hunde el pecho. No, no te rindas querido  ¡Que tú puedes!, Confía, tú puedes y vas a hacerlo.

Fue mágico, tras ese momento, ese cruce, esa empatía que trascendió lo entendible, una sonrisa tuya, otra mía. Surgió la sensación de tener en común algo que une irremediablemente.
Porque, querido niño, tu herida también ha sido la mía.

 Desde ahí, y no desde otro sitio, te acompañaré a volar.

jueves, 11 de junio de 2015

estoy contigo (un maestro a un adolescente rebelde)

Gritaste y se enfadaron, lo sé, insultaste y golpeaste fuerte... contra lo que encontraste... sí, lo sé, a cosas y personas, a lo que tenías a mano, y a ¡pie!. Vaya patadones, tío. te vi. Y los vi a ellos. Unos tratando de gritarte más fuerte, otros acobardados, acojonándose delante tuyo, mirándote como a un bicho raro. Ya les vale a toda esa panda, ya les vale.
Se alejaron, los unos y los otros, murmurando, amenazando, mientras tú seguías fuera de ti, sin saber qué hacer, perdido, sin rumbo. Solo, muy solo. Medio llorabas. Entonces me acerqué, y no recuerdo qué te dije, alguna palabra tonta de consuelo, alguna frese semihecha, no recuerdo... Recibí un "¡cállate cabrón". Tajante, directo... Y sincero. Me callé. Permanecí un rato a cierta distancia tuya, observándote encogerte en aquél rincón del aula vacía. Ahí empezaste a soltar más llanto, más, y salió un chorreón de dolor entre lágrimas y suspiros. Sobrecogedor.
Me miraste al cabo de un rato, no sé cuánto tiempo pasó. Seguía ahí, de pie, observando tu pelo revuelto, la ropa sucia... Te sentía cada vez más pequeño, más frágil. Te pregunté si querías que marchara y me dijiste muy bajito: "quédate...". Como un susurro.
Puse mi mano en tu hombro y poco a poco te levantaste. "... imbéciles cabrones hijos de puta...". Te acompañé a la salida del centro. Caminabas lento, casi arrastrando los pies. Doblaste la esquina del insti y volví a mi clase.
Un montón de comentarios, de quejas, de dimes y diretes, por los pasillos. Que si no puede estar aquí, que si qué se ha creído, que habrá que expulsarlo, que si llama a sus padres. Profesores y alumnos, revueltos.
Yo estoy contigo, quiero que lo sepas. Te entiendo, ¿sabes?. No se puede ir por el mundo dando hostias, claro, no es que esté a favor de eso. Pero te entiendo. No tienes de momento otro recurso y utilizas ese.
No eres débil, has mamado fuerza. Pero algo ha pasado en tu vida que te ha hecho acumular un dolor terrible. Y una rabia terrible. Lo sé. Y te provocan a veces, lo sé, de formas muy sutiles. Y la sacas, esa rabia, esa destructividad, siempre que puedes, cuando se te dispara. Y ¡zas!, la armas. Tío, la armas. Y te estás jugando la expulsión.
Estoy contigo, que lo sepas. Tienes tus motivos, aunque te pierden las formas. No sabes utilizar otras. He visto el miedo que ocultas tras esa coraza mal montada de tío duro. Temblabas... Pero es que ¿sabes lo que pasa?, que pocos saben leer eso, muy pocos. Muchos ayudarán a los flojitos, esos a los que les cuesta, o a los que les pegan y no saben devolver... Sí, esos, a los que tú alguna vez también has pegado.
Míralos, les ayudan, despiertan compasión, instinto de protección, algo así. ¿Lo entiendes?. Esos suelen recibir pronta ayuda. Está bien, no digo que no... Pero ¿quién se acerca a ti?. Si los asustas...
¿Quién puede hacer oídos sordos a insultos, a maltratos, a desaires?... Cuesta eso.
Pero, ¿es que no ven que no sabes de otra forma?. Pues no, parece que no lo ven.
Estoy contigo, que lo sepas. Que me la sudó que me llamaras "cabrón", que lo que me querías decir es que te dejara de rollos, que no estabas para eso. Y, mira, me llegó. A lo mejor de otra forma no me llega...
Me gustará acompañarte, ayudarte a canalizar esa rabia, a ir filtrando, a saber comportarte con los demás... Pero sé que es un camino largo. no quiero que te sientas culpable por lo que haces, no sabes de otro modo. Sabrás un día, no lo dudo.
Estoy contigo, ¿sabes?. no has de hacer nada para agradarme.
(Aunque, macho, a ver si controlas un poco, que te juegas la expulsión... )




domingo, 22 de febrero de 2015

¿qué son los límites?


Hablamos mucho de los límites hoy día, muchos colegas míos (y aprovecho para destacar un artículo de Juliana Vieira en relación a ello, en su blog), se refieren a ello, hablan, comentan, debaten... Es el tema estrella de las escuelas de padres y las charlas varias divulgativas de los psicólogos y educadores. Los límites.
"Hay que ponerles límites", "hay que educar en los límites", "está así porque nunca le pusieron un límite"...
Y cuando hablo en las reuniones con padres, y sacamos el tema, y la palabra en concreto, cuando invito que se dejen sentir qué les evoca, qué connotaciones tiene para ellos, me dicen en general que les sugiere algo que no pueden hacer, una frontera que no se puede traspasar, una imposición, una traba, una incapacidad. Sí, alguien "limitado" es alguien corto, que no llega, que no puede desarrollarse. Partimos pues de sensaciones negativas con esto de los límites, por tanto, no me parece extraño que nos cueste tanto aplicarlos a nuestros hijos. Si aunque pensemos que son "buenos", nos viene a la cabeza (y al sentir) que no estamos dejándolos crecer...
Os invito a tomar la imagen de una baranda, una cómoda baranda en la que nos apoyamos para ver un precioso paisaje, marítimo, por ejemplo. Una baranda. Esa baranda está construida y enclavada en una bonita zona de acantilado que da al mar. Al verla, nos sentimos aliviados y agradecidos, porque sin ella no nos hubiésemos atrevido a acercarnos tanto para ver desde lo alto cómo las olas rompen contra las rocas. Y es hermoso contemplarlo. Cómodamente apoyados, observamos a gusto y seguros. ¿Es un límite?. Sí. ¿Nos da confort?. También.
Volved a vuestros hijos y con esta imagen. Ellos necesitan esa baranda, necesitan de nosotros la construcción de esa seguridad para moverse tranquilos en la vida. Se necesita estar muy confiado para crecer, extremadamente seguro para poder desarrollar las conexiones neuronales saludables, para crecer con un sano equilibrio del sistema nervioso, en el que el parasimpático (relax) y el simpático (alarma), se van complementando en el continuo pulsar.
Los límites que les hemos de ir mostrando en la educación son eso, esas contenciones que les marcan el terreno seguro para que se muevan a gusto en él, con la tranquilidad de que no van a caer. "Los papás saben". Y como saben, marcan una estructura, no rígida, pero sí sólida. Y son coherentes, y han formado un hogar en el que se está bien, en el que los roles se establecen, en donde cada miembro tiene su lugar y es reconocido. Cada familia, desde ahí, puede encontrar su estilo, su modo de hacer.






viernes, 20 de febrero de 2015

¿Cómo educar a nuestros hijos?









¿CÓMO EDUCAMOS?
Punto uno: sepamos verlos...


Hay varias maneras de acompañar a nuestros hijos. Podemos ser permisivos, tomar la opción de dejarles hacer de todo, o bien ser autoritarios, y marcarles firmemente lo que han de hacer y lo que no... Tenemos entre medio muchas maneras de hacer, un abanico de posibilidades, que van de uno a otro polo de ésta imaginaria línea. Los abuelos de hoy, mujeres y hombres entre los 60, 70 años, en general actuaron de forma rígida con sus hijos (que hoy tienen entre 40 y 50...). Eso sí, como ellos decían en su momento, nada que ver con lo que hicieron sus padres con ellos, que en muchos casos les obligaban a llamarles de "usted" y a la mínima sacaban la vara o la zapatilla. Vaya... Sin embargo,  muchos de esta generación de 40, 50 se pasó al extremo de permitir todo o casi todo a sus hijos. Que se laven si quieren, que vengan a comer, o no... que estudien lo que quieran y si no quieren pues no, les dejaremos escoger la hora de levantarse, la hora de irse a dormir, la ropa que se ponen... Trataremos que tengan los juguetes que deseen, que puedan ser felices, y el cole... bueno, las notas no es en absoluto importante... Y ahora esos hijos, los de 30 y 30 y tantos, se quejan muchos de lo poco que sus padres se preocuparon por ellos, de lo poco que los marcaron. Y con sus peques: habrá que poner límites, no vamos a dejarles que hagan lo que quieran... ¿o sí?, ¿en qué momento?, ¿cuando?... Péndulos, que van y vienen, que serpentean a veces, que se detienen, que corren... péndulos caprichosos e irregulares que vamos siguiendo. Y siempre, siempre, la cierta insatisfacción, el sentir vago de que nada de lo que hagamos está del todo bien hecho. Una tremenda confusión nos ronda a la hora de abordar el tema de cómo educamos a nuestros hijos.
Pero ¡habrá que posicionarse!. Algo habrá que hacer, no vamos a renunciar a ser protagonistas de nuestra vida y a acompañar a los nuestros en su camino a la madurez...
Os invito a verlos a ellos, a los pequeños, ya desde bebés. Verlos. De verdad. Porque viéndolos, ellos nos van a ayudar en nuestros puntos ciegos. Sin necesidad de grandes estudios, sin tenerse que empapar de los últimos best sellers sobre educación. Ellos, los pequeños de la casa, nos pueden trazar líneas a seguir si sabemos verlas. ¡Claro que sí que vienen con su particular manual de instrucciones!. Sólo falta parar un poco y dejarse sentir. Sentir desde la empatía, sentir el desgarro de un bebé separado de su madre al nacer, sentir el desespero de la separación cuando lo dejamos en la guardería, sentir el dolor de la humillación de la que fue objeto cuando se escapó un pipí, Sentir, sí, sigamos, cómo lo aturdimos con tanto regalo de reyes, y cómo lo descolocamos (y son prácticas que atentan contra los derechos humanos) cuando lo disfrazamos en carnavales de algo que nos viene en gana cuando ni entiende, ni toca, ni puede de ninguna manera ser partícipe de lo que sucede...
Luego vienen otros momentos y otras edades, pero ahora aquí, me quiero centrar en estos primeros años e invitaros a verlos, a los pequeños, en sus múltiples situaciones. Si entramos en empatía con ellos, vamos, seguro, a saber acompañarlos. Porque nos acercaremos desde el "te entiendo". Y así abordaremos las situaciones que se vayan presentando. Sólo así, esas maneras de acompañar a nuestros hijos se reducen a una: acompañar desde la empatía. "Yo te entiendo".