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martes, 28 de junio de 2016

shhhhh... Apología del silencio

Entro en él, movida por las circunstancias, a regañadientes, distraída aún por murmullos y conversaciones. Entro, sin yo querer. Y aún entrando, mirando para atrás por no alejarme de pitidos, motores, risas y llantos, charlas sobre uno y otro tema, martilleos, tecleos, caminares, aspamientos. Giro la mirada y entro. Ya estoy. Aún tengo en la cabeza el poso, como un eco. Me sacudo. No lo quiero, me he dado cuenta de que me molesta. He entrado y de vez en cuando miro atrás de nuevo, como buscando un amparo, un agarre, un puntal, una mano que me estire, o me retenga, un requerimiento al que responder. No los hay. Desisto y entro. Yo no quería, pero aquí estoy.
Se acallan sonido y movimiento. Atrás quedaron las voces. No hay nadie más, sólo yo. Estoy quieta, tengo miedo. Sola quedo, sola me siento. Nadie más, nada más.
Y me llega el latido rítmico del corazón, la sangre bombeada que recorre mi cuerpo con sus ríos serpenteantes. Noto el calor que produce. Me hormiguean las manos. Una, dos respiraciones, tres, reparando en ello, tomando conciencia del pulsar, entrando en mi. Soy yo. Duele la zona entre las costillas, ¡duele!. Pero nada puede distraerme de ese dolor y en él me quedo. Es como una bola, un nudo ahí, bajo el pecho. Se me ocurre verlo de color gris. Y pongo la mano encima. Es mío, mi nudo gris entre las costillas. Ese nudo viejo conocido al que apenas he permitido asomar en mi vida. Ahí está, impidiendo algo, bloqueando una libre pulsación. Pero es lo que hay. Sí, en mi centro, ese núcleo del que tanto se ha hablado y teorizado. ¡No!. No quiero teorías, quiero sentirlo tal cual es, tal cual se manifieste en mí, con sus matices y sus particularidades. Me apetece que me llegue en toda su crudeza, quiero conocerlo. ¡No! ¡Tengo miedo!. ¿qué es ese miedo?. Tiemblo un poco, aunque me alivia sentir el bombeo continuo del corazón, reparo en ello. Bum, bum, bum, el ritmo que no cesa. Veo que tomo aire, y me lleno, y me vacío. Soy yo, estoy viva. Y esa es la vida que vive en mí. Soy mis manos vibrantes, mis pies calientes, soy también mi respiración entrecortada y... ese nudo.

Ya llevo un rato, instalada en él, en el silencio. Y ahí la acción vibrando, la vida latiendo. Shhhhh, silencio. Que es pausa, que es contacto, que es necesidad. ¡Silencio!, que me quiero seguir escuchando de verdad, que quiero sentirme, que me estoy haciendo conmigo.

Entré en el silencio movida por las circunstancias. Lo agradezco.







domingo, 24 de abril de 2016

del camaleón al jilguero

Estaba paseando en muy buena compañía. La mañana invitaba al paso tranquilo y al disfrute, a parar a oler, a mirar al cielo despejado y sentarse a escuchar los cantos alegres de los pájaros. La mañana llevaba al abandono, a la contemplación y al perezoseo. Notaba hundirse un poquito, bajo mis pies, la tierra húmeda de lluvias recientes, sentía el frescor en la cara, el despeje del agua caída... Bienestar... bendito bienestar...
En un momento, ahí, cerquita mío, se plantó, casi descarado. ¡Míralo!, un... ¿cómo se llama?, ¿cómo era?, sí, mi abuelo lo llamaba "colorín"... Un... ¡Eso!, ¡un jilguero!. Agarrado a la rama, liviano y juguetón, se permitió rápidos movimientos, casi exhibicionistas. Parecía que quería que lo viera bien. Hacía mucho que no veía uno de estos pájaros. Los recuerdo bastante de niña, cuando mi abuelo los tenía en jaulas, cosa que no me gustaba nada... Ahí, delante de mis narices, a escasos metros, uno de esos. Lo observo sorprendida y cauta me acerco un poco más. No parece temerme, más al contrario, quiere regalárseme. Se sacude juguetón y me ofrece sus colores, ese poco de amarillo, ese tanto de negro, la manchita colorada... "Colorín te llaman también". Sencillo, pequeñito, suelto y presumido, disfrutando de ser... Colorín que me saluda y me trae otros olores, otras tierras, otros acentos... Y, por supuesto, otra sorprendente, gratificante y vibrante forma de estar en el mundo. Sé de su canto también, potente y expansivo.
Soy Encarna Leiva Prados, hija de Paco y de Pepita, y nieta de Manuela, José, Encarnación y Frasquito José. Soy psicóloga terapeuta de orientación reichiana. Soy hija de una peluquera y un trabajador en la cadena de montaje de s.e.a.t.  ¿A santo de qué viene ésto?. ¡A santo de mostrarse!. Me ha apetecido hacerlo. Eso es.
He hablado mil veces de la disociación y de los hiperadaptados. He hablado de cómo utilizamos determinados mecanismos de defensa para sobrevivir, y entre ellos, he destacado en muchas ocasiones la capacidad disociativa de los seres humanos. Cómo encapsulamos sentimientos, cómo arrinconamos emociones, como vivimos vidas en compartimentos sin integrar, ¡cómo nos escondemos!. He hablado mucho de camaleones, bello animal, tan diferente al jilguero... Camaleón, que toma el color del ambiente, siempre alerta, que cambia constantemente, que esconde su belleza en pos de la superviviencia. Camaleón que es y deja de ser, que se encoje, se congela, se tiñe, se transforma... y no se ve. Como nosotros en tantas ocasiones. Claro, para que no nos hagan daño, no nos hieran, no vayan a por nosotros... Normal... Pero ¿saludable?
Llega un punto en que uno puede llegarse a dar cuenta de que se paga un peaje demasiado caro, que el gasto de energía empieza a ser alarmante y que la vida no fluye como debiera. Llega un momento en que, si tomamos contacto con nosotros mismos, sentimos que a lo mejor nos hemos pasado un poco, y que queremos que nos vean, queremos compartir, mostrarnos y disfrutar con la gente.
El colorín se me regaló. No era vanidad, era alegría de vivir. Luego emprendió el vuelo, travieso, despreocupado... Y me dejó agradecida, sintiendo formas de vivir que también son posibles... 'Vibrante forma de estar en el mundo!






domingo, 27 de marzo de 2016

niño herido...

(Se lo quiero dedicar a ese otro niño herido, ya hombre, el que, desde su propio desgarro, me hizo el mejor de los regalos).

Apareciste poco a poco, entraste lentamente, desviando la vista, acercándote sigiloso. Una mirada furtiva y te fuiste a sentar al fondo de la sala, girado hacia la pared. Me senté a una distancia prudencial, ahí donde sentí que no te incomodaba, y esperé un rato. Tus ojos de nuevo, rápidamente, se cruzaron con los míos. Un flash, casi nada, pero tanto... había tanto ahí... Fue una súplica, un "¿me vas a hacer daño?", un "estate conmigo", un grito. Te escribo hoy, niño herido, a raíz de ese instante que me atravesó y se quedó grabado. Dos miradas, dos almas, dos cuerpos, compartiendo un espacio y un tiempo. Nada que ver, apenas nada que ver el uno con el otro. Tú iniciando la vida, yo ya en su mitad; tú a ramalazos y borbotones, yo ya con más pausa que prisa; tú a seguirme, yo a indicarte... Dos planos en un mismo espacio, en un mismo tiempo. Dos planos que se encuentran, apenas algo. Y en ese "algo", la esencia de la vida, niño herido. La esencia de nuestras vidas, la tuya, la mía.

Porque mis ojeras toparon con las tuyas, y mis guerras y tus guerras se fundieron en la profunda sensación de opresión injusta... y la rabia... y la pena que eso conlleva. Yo ahí estaba, con lo mío, ¿te creías que no, niño herido?, ¿me pensabas tranquila y feliz?, no... Y lo sabes, niño herido, en el fondo de ti lo sabes perfectamente. Yo ahí estaba con mis cicatrices, y con algunas roturas y rasguños, algunos tan recientes que sangraban. Yo ahí estaba, sentada, en esa prudente distancia, con mis pesos del pasado y del presente, con mis amores y odios, mis dudas y mis verdades. Ahí estaba, con mis desgarros y sus ciertas reparaciones; habiendo sufrido sed y hambre, como tú...
Vale, sí, nutrida también, cierto, porque la vida me ha dado, me ha hecho sentir que tengo, y que por ello puedo dar. Sí, con más sujeción, para poder ayudarte a ti a sujetarte, sí, con más trabajo hecho, porque con mis años me ha dado tiempo. Es verdad, estoy en posición de poder ayudarte, en posición de poder sostenerte, de ofrecerte esa mano más firme para que la tuya, desconfiada, se agarre.
Pero querido niño herido, ni a ti ni a mi nos recibió el mundo con respuestas sensitivas, adecuadas a nuestras demandas, a ninguno de los dos supieron mirarnos nuestros mayores para adaptarse a lo que necesitábamos. No recibimos el apoyo incondicional, el acompañamiento perfecto, el absoluto respeto a nuestros ritmos. No, no fue así, como sucede en miles de casos, es verdad. No fue así y nos vimos, nos vemos, abocados a mendigar amor, y luego a enfadarnos porque no lo recibíamos, y más tarde a entristecer o a ignorar, disociando.




Pero, ¿sabes?, ya hace muchos años que a mí me acompañan en un largo proceso para desbloquear lo bloqueado, para abrirme al goce de la vida y reaprender a disfrutar. Y siento que va dando sus frutos, que vale mucho la pena, y que, como tú has dicho (sí, lo has dicho tú, y me encanta), "lo mejor está todavía por llegar". A mí, a mi edad, me ha venido pasando así, abriéndome a la vida, ésta se ha encargado de ofrecérseme de la forma más sorpendente. ¡Vaya regalo!. Querido niño herido, ¿sabes?, confío plenamente en tus capacidades, sé ver el potente cachorro humano camino de convertirse en un fuerte joven. Dame la mano, no temas. Te acompaño a la puerta de salida para despegar el vuelo. Sé que la vida desea que la vivas, que está esperándote, ansiosa porque la experimentes, te adentres en sus entrañas, la saborees y le des los mordiscos que le quieras dar. Ya... ahora te parece lejano, casi imposible... Dudas muchas veces y te enroscas en ti mismo, con una queja, un mohín, un "estoy cansado...". Bajas la cabeza, se te encojen los hombros y se te hunde el pecho. No, no te rindas querido  ¡Que tú puedes!, Confía, tú puedes y vas a hacerlo.

Fue mágico, tras ese momento, ese cruce, esa empatía que trascendió lo entendible, una sonrisa tuya, otra mía. Surgió la sensación de tener en común algo que une irremediablemente.
Porque, querido niño, tu herida también ha sido la mía.

 Desde ahí, y no desde otro sitio, te acompañaré a volar.

lunes, 8 de febrero de 2016

¿Que quién soy? soy quien tú quieras. Inclasificables hiperadaptados

Absolutamente adecuados para los ambientes que se les van presentando en la vida. Saben estar, se los encuentra siempre con la indumentaria que toca, haciendo lo que se supone que deben hacer. Su máxima, que la aplican en todo momento, "donde fueres, haz lo que vieres" (castellano antiguo). Y así andan, completamente al caso de que ahora se llevan las pajaritas para hombre, con pantalones dejando ver el tobillo, y que las mujeres utilizan en sus desplazamientos "casual", masculinos zapatos de cordones. Saben idiomas, son educados y tienen conversación amena. Conocen los temas, ya sea sobre violencia de género, calentamiento global o cómo hacer una buena paella. Se los ha visto campechanos en reuniones informales familiares, se los ha visto concentrados en el trabajo, se los ha visto en el bar riendo chistes obscenos, gritando en el estadio, bailando en el concierto de rock del grupo de moda, y relajadísimos en la clase de pilates, estirando musculatura... Han viajado, han probado las delicias gastronómicas de otros países, y las costumbres de otras culturas. Sus acompañantes se han exclamado de lo bien que se han hecho a los nuevos sitios, qué pronta adaptación. Ni "jet lag" tienen... Han celebrado Halloween, y "la Castanyera". En su casa sus hijos reciben juguetes de parte de Papa Noel y de los Reyes Magos. De no hace mucho han pasado de hacer galletas en casa, a preparar "cookies". Salían con sus deportivas para el "footing" diario, y ahora hacen "running"...
Sonríen, suelen tener el semblante risueño que invita a ir a hablarles, a llamarlos a nuestro lado para disfrutar de su agradable compañía.
Sus ropas, correctas, en absoluto llamativas, su peinado, sus complementos, lo mismo. Huelen suave... Parecen estar en harmonía absoluta con lo que les rodea, como en un baile delicado y hermoso.
Y se inicia la conversación con ellos...Salen temas, se habla de ésto y de lo otro... y ahí está el interlocutor, teniendo razón, viendo como el otro se la da... Se adaptan al ritmo del otro, a sus dejes, a sus expresiones... Vaya... Se adaptan, ceden, comprenden, asienten... Y el interlocutor empieza a incomodarse, ¿dónde estoy yo?, ¿dónde está él?, ¿quién es él?... No lo encuentro, no lo hallo. Y siguen hablando, y ya no es lo mismo, el bienestar se transforma en una vaga sensación de incomodidad, una vaga inquietud, y hasta cierta agresividad...

Y, al final, la respuesta, intuida, el mensaje terrible que recibe el inerlocutor, no hablado, pero no por ello menos evidente: "¿Qué quién soy?. soy quien tú quieras".

Como el humo, etéreos, perfectos actores en un mundo diverso... Inclasificables, hiperadaptados






 
 
 

martes, 3 de noviembre de 2015

LLegados a este punto... (acercándose a la mitad de la vida...)


Llegada a este punto, ha pasado el tiempo suficiente para haber experimentado qué es eso de ver nacer, y qué es ver a alguien morir. He visto los ojos ávidos, tremendamente vivos, sorprendidos, buscando la teta para mamar, buscando mi olor, para recogerse en mí, recién salidos de mí... He visto lo que sucede en las últimas, cuando vamos a partir a no se sabe donde: el miedo, el desespero, la rabia, la negación y finalmente la entrega... Han dejado este mundo seres muy queridos míos.

He vivido lo necesario para ver procesos vitales, (valga la redundancia) me he sentido privilegiada espectadora en platea de vidas de otros, cercanas. He visto nacer, crecer y acorazarse, a los que en un día fueron cachorritos humanos espontáneos. Ya he podido ver lo que se intuía, o lo que sabía de libro o me contaban mis maestros. ya lo sé. Esos cuerpos ya se han estirado hasta dejar el torso plano, o se han doblado tanto que parecen miradas clavadas en el suelo... Han sido caminos largos, imperceptibles en el día a día, pero ahí están. He visto cómo hablan, miran o se mueven ahora. Supe en su día de sus sueños y anhelos y los veo habiendo entrado en esa rueda que parece ineludible. Ahí están dueños hoy del discurso que en su día les llegó de sus padres, olvidados de sus ilusiones en muchos casos, reprimiendo a sus hijos, tan alejados de ellos y sus problemas reales, que parece imposible que un día ellos vivieran lo mismo.

Sé qué sucede cuando no se ha estado presente, ya sé qué sucede con los vínculos, con los apegos. Sé del peligro de caer en abismos por no haber recibido estructura en su momento, y eso pasa muchísimo más de lo que podemos imaginar. Mucho, mucho más. Sé del dolor de la incomunicación, cuando dos seres humanos hablan sin entenderse, si poder llegar al otro.

Conozco los equilibrios precarios para irse manteniendo, para no resbalar. Me he asomado a un montón de esos mecanismos de defensa que utilizamos para ir tirando, respirando, sobreviviendo... "Pobrecito de mí", o "yo me adapto", o "yo puedo, puedo con todo, soy fuerte, omnipotente", o "no necesito a nadie", o "yo te complaceré hasta el infinito, yo satisfaré todas tus necesidades", o... cualquier papel desempeñado, cualquier disfraz para funcionar en un mundo que se sintió hostil. Cualquier cosa para ser aceptados, formar parte de...

Y aquí, ahora, en este momento, ya he visto caer a muchos. Ya han sucumbido, o casi, tras procesos de autodestrucción que han durado décadas, o toda la vida, a veces... Y me cuesta entender que si uno no se sintió amado, no puede amar, ni siquiera amarse. Me cuesta mucho esfuerzo comprender qué le lleva a uno a la aniquilación, a no querer vivir y expandirse, por tabaco, café, alcohol, vida sedentaria y pasiva, mala alimentación... He visto verdaderos contenedores humanos de porquerías, propias y ajenas. Y cómo han llegado, destrozados, a su cuarentena... los que han llegado...

Y en este momento, también, me sorprendió la vida, porque las corazas se han ablandado y ha salido el cuerpo, sus flujos, sin miedo, potentes, sonrientes, Ya sé que se puede arriesgar, que se puede salir de lo preestablecido, que más allá de la cueva platónica hay vida pulsante en sus colores más nítidos. Sé que no es necesario mucho de lo que creemos imprescindible. He acompañado procesos en los que ha entrado la luz de pleno, vidas que se han fortalecido y han cambiado las prioridades. He visto otro tipo de nacimientos, y otro tipo de muertes. He visto, y soy privilegiada acompañante de ellos, niños que juegan libres, que aprenden libres y libres se expresan.

Y he podido conocer ahora, gente comprometida, apostando por aportar vida a la vida, y expansión, contacto, entereza. A través de la danza, de la expresión en cualquiera de sus formas, valientes, admirables...

Llegada a este punto... básicamente me alegro. De estar viva y de la cantidad de experiencias acumuladas. Se han ido sucediendo etapas, el tiempo con su relatividad ha ido pasando, y los espacios también, y en ello, las relaciones, los vínculos, los amores y desamores, los desgarros y los júbilos.

Siento acercarme a la mitad de la existencia, me di cuenta un día, me entró ese sentir sin más, a gusto, mientras nadaba. Suele sucederme últimamente bastante, me sorprenden emociones con sus matices, toman forma, y las acojo encantada. Nadaba, digo, aunque a veces es cuando paseo, cuando bailo, o me siento en cualquier lugar en el que se está a gusto. Apareció. "Ya han pasado años, bastantes, y sigo sintiendo el cuerpo latir con fuerza, en cada brazada, notando el agua fresca, juguetona, la expansión en cada avance, el placer del movimiento...". Y esa sensación me siguió acompañando en la cotidianidad, en el día a día, en mis tareas, mis ocupaciones varias... La colada, la compra, la comida, los pacientes, los talleres, los grupos de crianza, las clases de expresión... "Estás viva, estás pulsando... estás".



En este momento, ya he llorado un montón. Y de eso, sí, también me alegro. Siento las grietas de mi coraza por las que puede salir algo de mí, y por las que lo que me rodea, los que están a mi alrededor, pueden entrar... No son muchas, ni muy abiertas, eso también lo digo, pero es lo que hay... Llegada a este punto...





lunes, 5 de octubre de 2015

Variados cajones de colores... (acerca de la disociación)

Lo hacemos tanto, estamos tan inmersos en ello, que me apetece llevarlo a la reflexión. Lo creo interesante, y no para que no utilicemos este mecanismo de defensa, sino para que tengamos algo más de conocimiento de causa de cómo actuamos, de los motivos que nos llevan a comportarnos de una forma u otra, que, por supuesto, son inconscientes y nos van por delante.
Quiero hablar de la disociación.
Por la disociación aislamos algo, una vivencia, un sentir, unas emociones. Ha sucedido algo que no soportamos integrar en nuestra cotidianidad y, como defensa, por esa tendencia natural a "estar bien", dejamos de sentir, de acordarnos, de eso que nos pasó que amenazó nuestro equilibrio. Cada uno tenemos nuestro límite. Hay un abanico amplio de ejemplos de sucesos que se aíslan, se encapsulan y se olvidan. En nuestra infancia pudieron ser malos tratos, pérdidas de seres con los que se había hecho vínculo, acoso en la escuela...
Cuando la emoción que sentimos superó un umbral, dejamos de sentir. Y así pudimos mirar para otro lado, hacer nuestra vida y... ser "felices".
Lástima que lo que se aísla queda ahí, lástima que no desaparece de nuestra historia ni nos deja del todo tranquilos. Lo que no se integra, lo que no ha tenido su espacio, se revuelve dentro, molestando, incordiando. Camuflado de indefinición, se presenta como vagos síntomas (que pueden ir a más), inexplicables estados de ansiedad, sensación de pena sin motivo aparente...
Es que no nos vemos enteros, nos vemos un trozo. Vemos y atendemos algunos aspectos de nuestra vida, y en cada momento pueden variar y ser uno u otro, además.
Arrinconamos a lo profundo de nuestro ser lo que nos molesta y vamos aprendiendo a "esto sí, esto no". El mundo se divide, se fragmenta, como lo estamos nosotros, capaces de integrar en el todo de la realidad lo que nos va sucediendo. Es lo que hacemos. Y no es sano.
Con la disociación viene el mecanismo de encasillarlo todo, clasificarlo y ordenarlo para nuestro bienestar en unos cajones mentales bastante rígidos e inamovibles.


 
 
Ahí estamos pues, creciendo desde la fragmentación, impedidos de una visión general de lo que nos rodea. Unos más, otros, menos.
Para conocer el origen de este mecanismo hemos de remontarnos muy atrás, ir a los primeros meses de vida. Ahí, en esos meses, (llamado desde la Escuela Reichiana período crítico biofísico, recogiendo el legado de Wilhelm Reich), es donde se fragua la inseguridad de base de una criatura que es todo cuerpo, todo emoción. En esos delicados días, el bebé, inmensamente frágil y desamparado, expresa sus necesidades instintivas. Y ahí puede recibir retroalimentaciones positivas y de reconocimiento, cuando siente frío y su madre lo acurruca, o siente hambre y se le alimenta... El mensaje que le llega es algo así como "existes, te recojo, te doy presencia, te amo". Pero demasiadas veces suceden retroalimentaciones desajustadas.  En caso de haber desajustes frecuentes, disarmonía, el pequeño cachorro humano se confunde, se retrae y nace el él un núcleo de dolor y mucho miedo. Se llega a conectar con la muerte. Esto es así. Ni más, ni menos. Cuando hay unas necesidades básicas que tardan en cubrirse, o no se cubren, el pequeño ser entra en pánico. Y ahí se empiezan a gestar, por pura supervivencia, fortísimos mecanismos de defensa. Empezamos a disociar: hay una madre buena, hay una madre mala... Y lo "malo", lo que nos ha hecho sentir tan mal, lo arrinconamos, porque sentir la soledad, la incomprensión, sentir el abandono, cuando aún no ha dado tiempo de formarse una identidad, ni física, ni psíquica, es... demasiado sentir.
Así vamos creciendo y ese mecanismo va funcionando, no nos sentimos uno con nosotros mismos ni nos sentimos uno con el entorno, pero vamos trampeando en nuestro día a día.
Y puede ser que esta tendencia haya sido tan poderosa, nos haya requerido tanta energía que un día, ya de adultos, no podamos más con la sintomatología que lleva pareja, puede que nos hartemos de encasillar, de impedir que salgan las emociones "feas" en nuestro falso perfecto mundo. Puede que entonces, iniciando un proceso de terapia, empecemos a ver un poco más, a integrar más, y comprobar, sorprendidos, y con bastante alivio también, que las delimitaciones de los cajones se desdibujan. Y esa disociación empieza a no ser tal...


martes, 8 de septiembre de 2015

la vida y la muerte, danzando

Sala grande, espacio amplio, boxes. Se van ocupando, cada uno con el enfermo de turno, cada uno con su particularidad, con el material que dictamina el protocolo... Ellos ahí, en las camas, en general no pueden comunicarse o lo hacen con gran dificultad...Su vida, de un hilo. El cuerpo hace ya que tomó un camino letal. Ahí, derrotados, con miedo, con algo de esperanza... Ahí, desválidos, en sus manos... Confiados, resignados tal vez. Y pasan ellos, y ellas, de prisa y concentrados, canturreando en ocasiones. LLegan y tocan uno u otro botón, cambian algo, introducen cierto medicamento, ajustan otro...y les dirigen una sonrisa, un comentario gracioso, o les revuelven el pelo y les llaman "guapo, guapa, cariño"... como a niños pequeños, con voz aguda en general... A momentos paran, les miran a los ojos, y están un rato en silencio, respetuosos. (Me viene pensar que los que hacen eso son recién llegados, es imposible aguantar esas cotas de dolor por meses o años).
Pasan los otros, los de la autoridad, los que van dictaminando y tomando decisiones. Entre ellos, los más jóvenes aplican lo que saben, se esfuerzan en encontrar el diagnóstico, en situar el problema de ese cuerpo que pudo morir, que hubiera muerto, sin su intervención. Van a partes, se fijan en las secciones del todo, observan los órganos vitales y se meten a saco en mantenerlos. Hay medios, muchos, muchos medios. Se puede. Hoy día se puede. Si no respiras, te intuban. La máquina respira por ti. Si no bombea el corazón ellos se ocupan de poner medios artificiales para que bombee. Las sustancias que necesitas, te las inyectan. Si los riñones no dan abasto, diálisis (sale la sangre, se limpia con una especie de centrifugadora, y vuelve al cuerpo...). Ah, por supuesto, como esto no se aguanta en estado normal, a echar mano de la sedación. Oh, bendita sedación...Todo un despliegue de posibilidades para mantener un cuerpo con vida.
Entre ellos, los de la autoridad que he dicho, los mayores, los que peinan canas y caminan más pausado, se permiten hablar de globalidades. Un poco, sólo un poco, miran a los ojos a los familiares del paciente (nunca mejor dicho, porque esa situación sí que es el colmo de la paciencia), y hablan a las personas, no de una máquina, sino de otra persona. Un flash de ternura ahí, una pizca de comprensión, un plantearse cosas y un dudar... Hablan de una persona a la que quieren devolver a la vida "normal", y que su cuerpo dirá. Lo dicen bajito, se los ve humanamente inseguros, humanamente relativos, y prudentes, y serenos. Habrán visto de todo, de los que salen, de los que no salen... Y de los que salen... pues todos sus matices.
Y yo me pregunto, ¿vida normal?, ¿que su cuerpo dirá?. Pero ¿su cuerpo no ha hablado ya?. ¿Qué más ha de decir su cuerpo?. Y, dicho de otro modo, ¿se le escucha a ese cuerpo?. Y ¿qué va a ser vida normal?...
Me viene recordar la frase de Xavier Serrano, yo que me he dedicado bastante al acompañamiento en el nacimiento y la crianza, "nacemos mal y morimos peor".
Sala grande, espacio amplio, boxes... Se van ocupando y desocupando... La u.c.i. de un hospital. Cada uno con su particularidad, con el material que dictamina el protocolo... ¿Su cuerpo dirá?.






sábado, 18 de julio de 2015

que les den! (apego... evitativo)

Te acaban de dar la noticia, te terminan de decir que no, que no puedes ir con el grupo de amigos porque el coche ya se ha llenado. Te enfadas mucho, pero por dentro, ellos no lo han notado, ni tú lo has notado... A ellos, con la mejor de tu sonrisas, les has dicho que no pasa nada, que tranquilos, no te terminaba de hacer gracia el pasar el fin de semana en la costa, que tienes ganas de estar en casa y descansar. Te has despedido deseándoles buen viaje y has emprendido un camino en soledad, sin saber muy bien a dónde, paseando entre las calles, sintiendo algo en ti que querías calmar...



 


Vaya... Te entran ganas de llorar y te dices que qué tontería. No quieres hacerte caso, no te has querido dar tiempo de sentir más. Ya estás en una tienda, ya miras ropa aquí, unos libros allá... Pero algo hay dentro, que te molesta, y no hay manera que desaparezca. Sales de nuevo a la calle y una foto publicitaria, una simple foto para promocionar ni sabes qué, hace que algo dentro te de un respingo. Ahí, tan guapos todos, jóvenes, joviales, juntos, entrelazados, divirtiéndose, disfrutando de una jornada lúdica estival: unas manos entrelazadas, un abrazo, una mirada cómplice... Te acuerdas de los tuyos, los que te han dicho que no puedes ir, que el coche va lleno. Te acuerdas de la propuesta, que te interesó, que te encantó. Y aunque tardaste en decidirte, les diste un "vale, casi seguro que sí que iré". Ahhh, casi seguro. Y eso quería decir " sí, sí, sí, me muero de ganas, me apetece vuestra compañía, me ilusiona y emociona que hayáis contado conmigo...". 
Y te viene las veces que has sentido el rechazo, te sientes al margen de algo, ignorante del secreto de la popularidad, ser extraño, relegado sin saber por qué. Y va a salir de nuevo la pena, parece como una ola que te va a invadir de aquí a nada. Ya, ya asoman esas amargas lágrimas. Y no. " Que les den!". De un ramalazo erradicas la tristeza, de un ramalazo tu psique ha vuelto a jugártela. "Para qué ir con esos imbéciles?", " no los necesito". 
Te vas a casa, harás tus tareas, conseguirás olvidar, mejor dicho, disociar. Pero has vuelto a negarte, que lo sepas, has vuelto a engañarte. Algún día, si puedes, querrás saber el por qué de tu soledad. Y si tienes suerte, a lo mejor lees algo, te llega algo, sobre el "apego evitativo", y quizás a partir de ahí, tal vez... Puedas quitarte esa capa de desprecio, y dejarte sentir la pena. Llorarla, darle cabida en ti, sentirla profundamente. Y puede que moviéndote desde ahí, algo cambie en tus relaciones. De momento, ahí estás, con tu repetido " que les den!!!!".

martes, 7 de julio de 2015

El núcleo de dolor ( la vegetoterapia caracteroanalítica como forma de desentrañarlo)

Aunque estemos cansados del trabajo, los estudios, las complejas relaciones, las noticias que hablan una y otra vez de desencuentros, violencia y muertes... aunque no queramos mucho más que ligeras conversaciones, y nos guste el fútbol, el programa de humor, y jugar al Candy crush ... Me ha venido escribir ésto, porque siento que vale la pena tenerlo en cuenta. Y es que, por mucho mirar a otro lado y querer distraerse uno, cuando tenemos algo interno que molesta... no nos sentimos del todo libres. Es así.

Visto está que queremos pasárnosla bien por encima de todo, la vida, digo. Desde que nacemos, si no antes, estamos tratando a toda costa de estar bien. De la forma que sea, con las estrategias que podemos, agarrándonos a lo que encontramos. En todos los casos, hasta en el de los mal llamados masoquistas. Hasta ellos, lo que buscan es el placer, perverso, pero placer al fin y al cabo.

También todos los mensajes que nos da la sociedad van encaminados a ello: "pásatelo bien", "disfruta la vida", "eres fuerte, digno, maravilloso...", "estáte bien, contento, alegre, feliz..."

Si vamos a nuestros recuerdos más lejanos, podremos fácilmente traer del pasado imágenes de la infancia, siendo recriminados por llorar, por protestar, por no estar bien. "¿Cómo estás?", se suele preguntar al encontrarse una persona con otra, y la respuesta, si no es que estamos para el arrastre y nos pilla que ya no podemos más, esa respuesta, será: "bien, bien".

Así que estamos bien sí o sí. Queremos a toda costa eso, sea lo que sea lo que cueste. Por ese mecanismo de defensa que nos aleja del sufrimiento, y también porque aprendimos muy pronto que es como nos quieren, estando bien.

Sin embargo...


 


Lo hemos podido sentir en ocasiones, en momentos contados, puede, en situaciones de crisis y cambio. Algo se nos ha abierto, y nos hemos sorprendido con una pena que no sabíamos de donde venía, o una rabia tremenda que nos ha descolocado. Algo se nos ha ablandado de la coraza que nos hemos construido a lo largo de nuestra existencia, algo se ha resquebrajado, y... no ha sido alegría precisamente lo que ha salido. Es el núcleo de dolor. Ese que se asoma cuando bajamos la guardia, cuando nos retiramos a casa tras una jornada dura de trabajo y apariencias, cuando una música nos toca, cuando una mirada nos desarma. 

Solemos ignorarlo, arrinconarlo y dejar que el mundo nos embelese con sus estimulaciones varias. Si nos sentimos indeseables, no dignos de amor, no amables... ya se encargan mensajes de todo tipo, en libros de autoayuda, de decirnos lo maravillosos que somos y lo que valemos. Y nos decimos que nos lo creemos, aunque en el fondo sintamos que somos despreciables.

Las terapias suelen ir por ahí: elevar al autoestima, dar pautas para el bienestar, dar mensajes positivos...

¿Y qué hacemos con el núcleo de dolor?. Nos lo seguimos tragando, lo arrinconamos, lo escondemos, no queremos saber nada de él. "Molestas", le decimos.

La vegetoterapia caracteroanalítica, que es, por decir de algún modo, la terapia profunda que recoge el legado del psicoanálisis, aunque se desarrolla en lo corporal, en el cuido del sistema vegetativo, es la única que conozco que dice al paciente: "mira tu núcleo, no a otro lado". Esa terapia, iniciada por Wilhelm Reich, discípulo directo de Freud, va ayudando a quitar capas, poco a poco, al ritmo que marca el sistema de cada uno, hasta encontrar ese sentir profundo que se grabó en la más tierna infancia. El dolor en carne viva, el dolor sin palabras. Ese del bebé que no recibió los cuidados que como mamífero necesitaba, que no recibió el maternaje adecuado, el contacto, el calor, la simbiosis total con la madre, en su primer año de vida.

Entonces, a trancas y barrancas, compensando, armándose como ha podido cada uno, se han ido creando recursos, más o menos saludables, más o menos satisfactorios, y nos han permitido vivir, adaptarnos, estar en el mundo... Ha sido así, y muchos ¡damos el pego!. Ah, pero sin integrar el núcleo, sin atender a ese niño o niña interior dañado, herido, que suplica que le escuchemos, la vida va a quedar incompleta, sentiremos en lo más profundo que nos falta algo. Estaría bien, si podemos, hacerle caso, poder dejarse sentir ese núcleo de dolor y darle al niño herido la dignidad que perdió. A partir de ahí sí se puede construir.


viernes, 22 de mayo de 2015

Querido masoquista...

Querido, querida, masoquista... Aunque no sé si llamarte así porque me harás daño... Ya pasa, ya, es tu forma de funcionar, hacer daño a los que te quieren...
Querido, querida, masoquista, digo... me viene escribirte ésto, quiero desenmascararte... me apetece... me has cansado tanto, confundes tanto, eres tan sutil...Veo tus lamentos, tus llantos desesperados y tus quejas constantes. Lo de la vida como valle de lágrimas es tu máxima y no escatimas momentos para recordarlo, justificándote con mil y una situaciones lamentables. Te observo, en las descripciones de tu día a día gris y terrible, en tus narraciones de las desgracias que te han acontecido, y voy viendo cómo te creces, sí, a medida que lo que explicas se va convirtiendo en terrible... Lo vas convirtiendo tú, por cierto. Y los que te rodean se hacen pequeñitos, se quedan chupados, gastados, flojitos... ¡qué fuerte eres!. He visto cómo, al revés del rey Midas, transformas el oro, lo precioso, en vulgaridad. Tienes ese don... Ya sea un bello paisaje, una velada entre amigos, un baño, una sabrosa comida... Entras tú y lo transformas... se deshace lo que podía parecer una ilusión... ¿lo era?. Estás ahí, buscando cómplices de la maraña que vas creando, enredados en tu victimismo. Te observo, y sí, veo que te creces ante cada nuevo contratiempo: un atasco, una complicada reunión, la enfermedad de tu familiar, la tuya... Te vas creciendo cuando sientes que te hacen daño, algunos, muchos, en los que provocas una gran agresividad. Te hieren, te vapulean, y tú, surgiendo más potente aún, los descolocas, los desarmas, los desesperas... Se te van a enfrentar y ¡zas! los tiras para atrás con tu cara triste, con pose indefensa, tu apariencia frágil e inocente...
Querido, querida... años y años de hacerte daño, de sentirte honrado y crecido, enaltecido y superior a todos los demás. Años y años de soportar estoicamente lo que se te presentara, y de ir a buscarlos en caso de no tenerlos, toda clase de obstáculos y dificultades. Años de ir mirando a los demás por encima del hombro, considerándolos pobres vulgares, que lloran, ríen, sufren y aman, y disfrutan la vida, todo lo que pueden. Tú no, tú no puedes, serías débil, ¿verdad?, ¿qué sería de la energía de la que te alimentas si buscaras el placer?
"yo puedo, yo me machaco, yo seré vuestro esclavo si hace falta, y me nutriré del desprecio, el más absoluto de los desprecios, hacia vosotros... "
Y el mayor desprecio, el más terrible, es sonreír al atacante, es no permitirle la lucha. Es entregarse a la tortura si hace falta ("Santo y mártir", ale, mejor que mejor...)
Míralo, anda, ya toca, míralo, atrévete. Mírate en el espejo y observa el gran sadismo que hay en ti. El sadismo con que te tratas, que no te dejas disfrutar... el sadismo con el que puede que te vayas matando poco a poco, día a día, si no te das cuenta... Estás a tiempo, quizás si puedas, dejar salir a la vida que quiere vivir en ti, de verdad, a la del goce sin más... quizás sí. Y el primer paso, querido, querida, masoquista... mira, ¡mira tu sadismo!








miércoles, 29 de abril de 2015

"Las 50 sombras de Grey" y el sadomasoquismo ( a falta de pan... ¿buenas son tortas?)

Hace un tiempo escribí por aquí acerca de lo que presagiaba esta película, y llevaba a la reflexión a partir de otra, que podía ser su predecesora, la de "9 semanas y media".
Hace ya días que vi "50 sombras de Grey" y hasta ahora no me he puesto a comentar nada, que lo tenía pendiente, por varias razones, y una de ellas es que el film me resbaló. Sí, tal cual, me resbaló y no dejó ni huella prácticamente. Creo que no me emocionó ni una escena. 
De todos modos, hoy rescato el recuerdo escaso que tengo de la película, (porque se sigue hablando de ella y más o menos ha tenido su repercusión), para que nos planteemos juntos acerca del sadismo y el masoquismo. Actitudes, rasgos de carácter, que diríamos desde mi formación psicocorporal de base psicoanalítica. 
Y quiero hablar de ello pensando en los jóvenes de hoy, los chicos y chicas adolescentes, que no llegan a los 20 y que inician sus relaciones, sexo incluido.
Siguiendo con pantallas y medios de comunicación veo que hay una campaña para prevenir la "violencia de género" desde televisión. Una adolescente aconseja a otra que deje a su novio, que la controla contínuamente y la tiene desesperada.
De eso va la película a la que me refiero aquí. Un joven poderoso contacta por casualidad con una jovencita estudiante que va a su casa a entrevistarlo. Se atraen mútuamente, pero lo que parecía el inicio de una relación normal entre dos guapos, se enturbia por los caprichos sexuales de él, que le pone unas condiciones de esclava sexual a la chica. Y ella... se lo piensa y hasta entra al trapo... con sus dudas, su sufrimiento, su ignorancia, su curiosidad. Y prueba... a ver...
En su día leí a Wilhelm Reich y su descripción de los caracteres, y profundicé, porque me pareció muy acertado, su descripción del sadismo y, sobre todo, el masoquismo. Y quiero rescatarlo aquí e invitar a quienes les aperezca a buscar a este autor y reflexionar sobre lo que expresa.
No son formas naturales de manifestar el goce de vivir, ni lo uno ni lo otro. Pero algo se tuerce en nuestra libre pulsión de vida y nos pervertimos, buscando, por supuesto, la vida que quiere vivir en nosotros, (que nos trae la excitación y la dicha), los caminos que sean, que puedan ser, para minifestarse. No nacemos dotados naturalmente de ganas de machacar ni de que nos machaquen. ahí discrepó totalmente W. Reich de su maestro Freud con su instinto de muerte. Y yo estoy totalmente de acuerdo. Eso no está en la base de ningún ser vivo.
Pero se llega ahí. Se disfruta con la destructividad y se disfruta, sí, con el dejar que le peguen a uno, que lo humillen, que lo denigren... En los niveles que sea, desde el más sutil al más escandaloso. Todo, toooodo antes que sucumbir a lo anodino, todo por escapar del no sentir o de la tensión estancada que no se manifiesta. Hay muchas razones que nos llevan a desviarnos del goce natural de vivir y de disfrutar con los demás.
Cuando se nos han cortado los caminos de expresión de una sana sexualidad, de una sensualidad con la que venimos al mundo, resulta que la energía queda estancada en nuestro cuerpo (en el del niño al que han prohibido tocarse los genitales, en el de la niña que la han mirado mal cuando se rozó sensualmente con su amiguita, en el del grupito que jugaba a médicos...). Quedó una fuerza ahí reprimida, que busca salir como sea. En esas circunstancias, y todo muy corporal (no razonamientos), va a suponer una descarga el pegar o que te peguen. Va a ser una forma de movilizar lo que se paralizó. Y ahí se instala la excitación al final, y nos creemos que es genuino y que lo llevamos con nosotros. Si no hay otra manera, ésta ya está bien, dice el cuerpo, ¡al menos siento que estoy vivo!, ¡me excito!. Y dejamos aflorar el goce desde la perversión sin poder conectar con otras formas: "me encanta pegar, disfruto descargando sobre su piel mis latigazos...", o "me derrito cuando noto sus azotes en las nalgas...". Bueno, nos quedamos en eso, qué se le va a hacer... puede que..." A falta de pan, buenas sean... tortas"




domingo, 29 de marzo de 2015

el reconocimiento

Nos movemos en un mar de relaciones, entablamos amistades, amoríos, encuentros... Vamos buscando a los demás porque somos seres sociables y el grupo, el otro, nos nutre. Nos apetece compartir, estar un rato juntos, explicar de nuestra vida, quejarnos de esto o de lo otro, explicar lo bien que nos fue en el trabajo, el partido, la cita... Nos gusta encontrarnos con las otras miradas, cruzarnos con unos ojos que nos miran, que se posan en nosotros con interés.
Nos apetece llegar a los sitios y que con nuestro "hola!" los demás se giren y saluden a su vez, que si tendemos la mano, la mano del otro corra hacia ese encuentro y se estrechen... Y que encontremos la mejilla que vamos a besar... Que el de la charcutería nos pregunte si el jamón como siempre y el del bar al vernos entrar ya empiece a preparar ese café que queremos...
Los otros nos arropan, nos cobijan, nos dan identidad, sí. Así empieza a ser desde que somos cachorritos humanos. La manada nos ha de dar reconocimiento. Sin los otros no somos, sin los demás que se dirijan a nosotros, que nos den a entender que saben lo que queremos, de nuestros gustos y disgustos, sin ellos, morimos un poco, nos desdibujados y algo, sí, desaparecemos...
Pero, nos saben ver los demás?, sabemos verlos a ellos?. Actualmente, muy poco... Os invito a observar conversaciones, cualquiera de ellas. Demasiadas veces parece un grupo de personas cada una con su monólogo, un juego paralelo de palabras que sólo aparentemente se cruzan, mensajes que no llegan, códigos diferentes. Demasiadas veces en vez de encontrarnos nos desencontramos, entramos en circuitos cerrados de energía en los que el mensaje revolotea por nosotros sin ser en absoluto proyectado. En medio de los otros nos sentimos solos e incomprendidos.
Hace muy poco me ha llegado un comentario de una amiga. Hablaba de lo que destacaba de un amigo suyo del alma: "me ha sabido ver". Qué maravilla poder hacer eso... Saber ver al otro. De verdad!. Saberlo ver. Entraríamos en unas relaciones de una calidad impresionante, sintiéndonos reconocidos.