lunes, 16 de febrero de 2015

modelos educativos



¿CÓMO EDUCAMOS?
Punto uno: sepamos verlos...


Hay varias maneras de acompañar a nuestros hijos. Podemos ser permisivos, tomar la opción de dejarles hacer de todo, o bien ser autoritarios, y marcarles firmemente lo que han de hacer y lo que no... Tenemos entre medio muchas maneras de hacer, un abanico de posibilidades, que van de uno a otro polo de ésta imaginaria línea. Los abuelos de hoy, mujeres y hombres entre los 60, 70 años, en general actuaron de forma rígida con sus hijos (que hoy tienen entre 40 y 50...). Eso sí, como ellos decían en su momento, nada que ver con lo que hicieron sus padres con ellos, que en muchos casos les obligaban a llamarles de "usted" y a la mínima sacaban la vara o la zapatilla. Vaya... Sin embargo,  muchos de esta generación de 40, 50 se pasó al extremo de permitir todo o casi todo a sus hijos. Que se laven si quieren, que vengan a comer, o no... que estudien lo que quieran y si no quieren pues no, les dejaremos escoger la hora de levantarse, la hora de irse a dormir, la ropa que se ponen... Trataremos que tengan los juguetes que deseen, que puedan ser felices, y el cole... bueno, las notas no es en absoluto importante... Y ahora esos hijos, los de 30 y 30 y tantos, se quejan muchos de lo poco que sus padres se preocuparon por ellos, de lo poco que los marcaron. Y con sus peques: habrá que poner límites, no vamos a dejarles que hagan lo que quieran... ¿o sí?, ¿en qué momento?, ¿cuando?... Péndulos, que van y vienen, que serpentean a veces, que se detienen, que corren... péndulos caprichosos e irregulares que vamos siguiendo. Y siempre, siempre, la cierta insatisfacción, el sentir vago de que nada de lo que hagamos está del todo bien hecho. Una tremenda confusión nos ronda a la hora de abordar el tema de cómo educamos a nuestros hijos.
Pero ¡habrá que posicionarse!. Algo habrá que hacer, no vamos a renunciar a ser protagonistas de nuestra vida y a acompañar a los nuestros en su camino a la madurez...
Os invito a verlos a ellos, a los pequeños, ya desde bebés. Verlos. De verdad. Porque viéndolos, ellos nos van a ayudar en nuestros puntos ciegos. Sin necesidad de grandes estudios, sin tenerse que empapar de los últimos best sellers sobre educación. Ellos, los pequeños de la casa, nos pueden trazar líneas a seguir si sabemos verlas. ¡Claro que sí que vienen con su particular manual de instrucciones!. Sólo falta parar un poco y dejarse sentir. Sentir desde la empatía, sentir el desgarro de un bebé separado de su madre al nacer, sentir el desespero de la separación cuando lo dejamos en la guardería, sentir el dolor de la humillación de la que fue objeto cuando se escapó un pipí, Sentir, sí, sigamos, cómo lo aturdimos con tanto regalo de reyes, y cómo lo descolocamos (y son prácticas que atentan contra los derechos humanos) cuando lo disfrazamos en carnavales de algo que nos viene en gana cuando ni entiende, ni toca, ni puede de ninguna manera ser partícipe de lo que sucede...
Luego vienen otros momentos y otras edades, pero ahora aquí, me quiero centrar en estos primeros años e invitaros a verlos, a los pequeños, en sus múltiples situaciones. Si entramos en empatía con ellos, vamos, seguro, a saber acompañarlos. Porque nos acercaremos desde el "te entiendo". Y así abordaremos las situaciones que se vayan presentando. Sólo así, esas maneras de acompañar a nuestros hijos se reducen a una: acompañar desde la empatía. "Yo te entiendo".

domingo, 15 de febrero de 2015

sombras de Grey y "la pertenencia"


Quería hace tiempo hablar del sentido de pertenencia y de los problemas que puede tener la carencia del mismo. Los problemas y la terribles confusiones que puede crear. Me llega esa idea, ese sentir, y le doy vueltas a ello. Me lo hace ver una persona muy cercana y es uno de esos regalos de la vida, una de esas perlas que de vez en cuando recibo de otro. Y da mucho de sí.

No solemos tener nadie el sentido de pertenencia como saludablemente deberíamos. Y no lo hemos podido tener porque la primera relación simbiótica, nuestra primera pareja, la persona con la que iniciamos nuestro primer diálogo piel con piel, mirada con mirada, olor con olor... esa, no supo recogernos como cachorro humano que fuimos, lamernos, acariciarnos, acurrucarnos... poseernos. A ella pertenecimos, pero empezó a sentirnos "aliens", ajenos, antes de que empezásemos a entrar en nuestra propia identidad. Algo así decía María Montero-Ríos en su "Saltando las olas", el "otro" o "la otra" mejor dicho, empieza a alejarse de nosotros cuando aún no nos sentimos diferenciados de ella. Esto está siendo así demasiado frecuentemente. Y algo se torció ahí, algo no terminamos de integrar de forma suficientemente saludable.
Pertenecer a otro... no sabemos qué es eso. Quizás nos quedan algunos ramalazos, reminiscencias corporales, porque sí, algo nos debió quedar cuando estuvimos dentro de ella, cuando nos recogió y su mirada y su tacto nos devolvió a nuestro cuerpo y a nuestra identidad. Pero fue tan poco... tan escaso... tan mísero ese contacto...
Y vienen las "50 Sombras de Grey", que no he leído, que no he visto (aún), pero de tantos comentarios en la red, veo que va de eso. Una chica poseída por el hombre... También le pasó así a Kim Bassinger en sus "nueve semanas y media". Y vaya tirón que tuvo el film, como tiene y va a tener éste de ahora. Y veo que se malentiende lo de pertenecer. Ser de otro, sentirse parte de él, no es ser su esclavo ni de su propiedad. Es algo que emerge de un sentimiento profundo de respeto y unión empática y amorosa fortísima. Nada que ver con la posesión enfermiza y dominio de uno sobre otro, en el que uno es sádico, el otro, masoquista. ¿Es esa la relación mantenida en la película de moda?. no lo sé, no la he visto.























jueves, 8 de enero de 2015

la culpa

Es algo que llevamos tan dentro nuestro, nos limita tanto y nos hace tanto daño que, en estos días en los que tan recientemente hemos tenido "la visita de sus majestades los Reyes Magos" quiero hablar de ello y llevarlo a la reflexión. El tema de la culpa, sí.
No nacemos con la culpa (aunque bien se encargó la Iglesia Católica de hacerlo creer así), venimos al mundo limpitos y llenos de vida que quiere pulsar en nosotros. Tenemos unas necesidades biológicas que han de irse cubriendo por nuestro entorno más inmediato (la madre a ser posible), y vamos evolucionando, a trancas y barrancas, con trabas que se van poniendo en nuestro ritmo natural de crecimiento, compensando, recomponiéndonos, encogiéndonos muchas veces, expandiéndonos las menos.
Entrada la edad de cierto entendimiento se empieza a oír "te has portado bien", "te has portado mal", "es una niña muy buena", "qué malo es"... Y en nuestros 2 o 3 años, la edad de lo contrastado, del blanco o negro, empezamos a sentir profundamente la culpa. Si algo no hemos hecho bien es que somos malos, no dignos de amor. Da igual que no lo hayan dicho los adultos directamente, de forma sutil percibimos miradas que desaprueban, que desacreditan y... ridiculizan. 
Como niñas o niños entramos en la complacencia porque queremos ser queridos, tenidos en cuenta. Y nos sentimos fatal cuando recibimos algún mensaje negativo que nos conecta con "soy malo". Y, claro, las pulsiones de rabia, de agresividad varia, van quedándose dentro, sin poder salir, cada vez más guardadas, arrinconadas, para ser el niño o niña perfecto, el hiperadaptado, 
Escribo ésto tras haber visto la carita de circunstancias de un niño de unos 6 años, cuando le preguntaron si se había portado bien (por lo de los regalos de Reyes, sí), y el niño, inseguro y avergonzado, respondió flojito: "regular...". ¿Qué sentiría que había hecho?. Qué soledad tan grande y ¿qué culpa era esa?... 




martes, 6 de enero de 2015

Aprendizaje puro

De niños lo hicimos bastante, y algunos afortunados, mucho. Aprender de forma pura, digo. Nos topábamos con situaciones que nos llamaban la atención y ahí nos adentrábamos, sea cual fuera la circunstancia. Sentíamos curiosidad por lo que nos rodeaba y queríamos indagar, acercarnos y empaparnos de ello. Podía ser cualquier cosa. Desmontábamos el boli para ver qué piezas lo componían, ayudábamos a nuestra madre mezclar ingredientes en un bol grande para hacer una masa que iba al horno y salía bizcocho... Una vez monté un columpio con unas amigas, otra descubrí la forma de dibujar copiando de unos tebeos que me encantaban... Y así, como otros muchos, aprendí a ir en bici y aprendí a patinar. Totalmente entregada, como mis compis, a la tarea de guardar el equilibrio y comprobar que eso funcionaba, que ganaba seguridad, y... velocidad!. Era yo, eramos nosotros, aprendiendo. No hacía falta cursos ni talleres "ad hoc". A nuestro ritmo, porque era impensable de otra manera, íbamos asimilando conocimientos, entendiendo las cosas.

El otro día, mantuve con algunas de mis colegas una reunión para compartir entre profesionales, algo así como una supervisión de casos, coordinada por Pep Badell. Ha sido un grupo que se ha formado de forma espontánea porque queremos seguir aprendiendo. Y queremos seguir aprendiendo en este caso, a partir de lo que nos cuenta ese señor. No otra ni otro, ese. No es una escuela, ni es una formación, ni ofrece títulos ni hay temario preestablecido. Somos un grupo de profesionales terapeutas que nos reunimos y hablamos, compartimos y escuchamos de la experiencia del que podemos llamar nuestro coordinador. No vamos a obtener ningún certificado ni nos avala ninguna universidad ni "centro del saber" alguno.

En estos tiempos tan enlatados y archiestructurados, eso, eso es tan raro... Y me siento agradecida, tremendamente afortunada. Por estar ahí, por recibir de Brenda, de Consuelo, de Laura, de Pilar... por sentir que les aportaba, por poder exponer mis miedos, mis dudas y mis logros... por haber podido adentrarnos junto con Pep, en la espesura del alma y del cuerpo. Indagamos acerca de la vida, que como decía él, quiere vivir en nosotros, de la forma que sea. Esa vida que queremos potenciar en nuestros pacientes, de las formas posibles y cada uno en su estilo. Una y otra vez preguntábamos y nos planteábamos cuestiones cruciales, de nuestras propias vidas, del sentir de aquellos a los que acompañamos. No había disfraces ni intención de aparentar lo que no eramos, ahí estábamos frágiles a veces, enfadadas, dubitativas, tristes, confusas, divertidas también, . Qué alejado de ésto quedan los congresos, las grandes conferencias, las presentaciones de libros, la rimbombante parafernalia del mundo profesional...

Desde aquí, reivindico este tipo de reuniones, esta forma de pulsar. Y fue aprendizaje puro, como lo seguirá siendo.










martes, 30 de diciembre de 2014

La permanencia

Quiero hablar de ello, hoy, llevo días sintiendo la necesidad de compartirlo aquí. Sin más, ni menos. Concentrarme en estas líneas y estar por lo que quiero transmitir, a quienes pueda llegar. Confieso que he estado dispersa, buscando la forma de atraer público a mis líneas, que he estado buscando las maneras, adentrándose un poco en ese mundo que mendiga los "me gusta"... Tanto gustas tanto vales... Y me he cansado más de la cuenta. 

Me he sentido atrapada por algo que me hacía salir fuera de mí, me hacía distraerme continuamente, irme de la esencia, descafeinarme... Para al final sentir una vaga sensación de pérdida de tiempo, rabia sin saber exactamente contra qué y la decepción de haber perdido la creatividad. Y eso sí que me asustó.

Y vuelvo al título de esta entrada, " la permanencia". Os invito, os animo, a que os quedéis con ella, que os la repitáis mentalmente. Deciros en bajito de vez en cuando: "permanece"... 

Estábamos en un taller de expresión, terminamos la danza conjunta el grupo, habíamos creado una forma entre todos, que había salido del contacto intenso con emociones. Termina la música y ya alguien iba a marchar de esa construcción. Suerte del grito de " quietos!!!!". "No os mováis. Permaneced ahí". Un rato más. Suerte. Pudimos saborear la permanencia, el baño emocional del mensaje que nuestros cuerpos transmitían, nos dejamos sentir lo que nos decían esas tensiones de brazos, los apoyos, las piernas enraizadas, o no, encogidas, dobladas... Los contactos, los roces, las miradas... Un cuadro de la vida.

Permanencia... Tan necesaria hoy día, en estos tiempos del zapping, de los flashes de luz y sonidos y la navegación a velocidad de vértigo por el ciberespacio... Permanencia, por favor. 

Permaneced en las situaciones, en la belleza de un paisaje, en las miradas, en los conflictos que surgen en el día a día también. No hay otro modo de poder crecer y enriquecerse con ello. No podemos llenarnos plenamente de algo si sólo estamos corriendo. Qué nos puede transmitir una realidad a la que no le damos más que segundos en nuestra percepción?. 

Y esto, llevado a las relaciones de pareja, ya para terminar, es tan importante...




Permaneced!. No estoy diciendo " aguántate". Digo "estate ahí". Vas a aprender, vas a crecer. Vas a poder mirar más allá de las apariencias primeras y te va a llegar el otro, lo otro, con toda su intensidad.

Como ésta foto, captada en un segundo, que queda ahí, como cualquier foto... Permanencia...

miércoles, 10 de diciembre de 2014

La sombra

"Topé con ella, bailando en una sala de ténues rojizos. Me la encontré de espaldas al grupo, cuando me recogía en mí y me expandía a la vez, sintiéndome alejada de miradas que en ese momento no deseaba. La ví potente en esa pared rosada, y me sorprendí sintiéndola mía y tan ajena a la vez. Esas manos que se marcaban, grandes, ágiles, el cuerpo desdibujado que se hacía nítido a momentos, el revoltijo de la melena, en un vaivén caprichoso... Y yo ahí, disfrutando de mi proyección!. Esa sombra...Era yo!, o era más, sí, bastante más. Jugué con las formas, definiéndolas a veces, emborronándolas, se mezclaban las luces y los colores... Me fui soltando, como si se hubiera ablandado la barrera de mi piel, para permitirme dejar salir algo que había muy dentro y no se había atrevido antes. Y no me sentía responsable de eso, no me importaba... Fue un rato... Minutos... Tal vez segundos... Un flash?. No lo sé, no me importó, no me importa. Algo pudo abrirse y me expandió."

Seguiré en este intenso y excitante camino de encontrar, promover y dignificar todos los mediadores que se me ocurran para potenciar nuestra energía vital. Todos. Y ciertamente soy exigente. Ya lo he dicho en otras ocasiones, huyo del disfraz a lo tonto y de aplicar mecanicismos que no pegan ni con cola.

Quiero distanciarme de la frase fácil y los recursos manidos. He visto demasiadas mujeres pintadas sin gracia, subidas a taconazos que más parecen un elemento de tortura, con ropas que las desfavoren... Hombres también, acoplándose a trancas y barrancas al "uniforme" de turno, ya sea de hippy, de hipster, de...heavy o de qué sé yo. Tan fuera de sí, tan alejados de sí mismos...

He visto, cuando uno inicia el contacto serio con uno mismo, que sale un impulso de dentro que inunda, que cubre y se proyecta. Y de ahí sale una dignidad que no conoce de técnicas ni artificios.

Recuerdo una mujer, ahora considerada amiga, iniciándose en danza oriental tras un accidente. Yo ignoraba entonces que su torpeza fuera fruto de ese trágico acontecimiento. La miraba sorprendida, porque en su desajuste, en su lentitud temblorosa a veces, haciendo los movimientos sinuosos de cadera había tal seriedad, tal contacto, tanta coherencia, que era imposible que no saliera el más profundo de los respetos. Chapeu! Señora.

Seguiré yo también en la senda de lo auténtico, no voy a querer de otra forma. Seguiré tomando el ejemplo de algunas mujeres que el destino está poniendo en mi camino. Mujeres rotundas.  Y desde ahí, jugaremos si es el caso, disfrutaremos, nos soltaremos... Y encontraremos también, claro, esa sombra, esa proyección que parece que se nos avanza. Y puede que nos sorprendamos gratamente!


lunes, 24 de noviembre de 2014

¿por qué decimos "insostenible" en vez de "insoportable"?

Es una pregunta, una invitación a la reflexión, un hacer pensar... Me llega desde muchos lugares, desde ambientes varios, se dice a montones ahora: "se me hizo insostenible seguir yendo a buscar al niño al cole...", "lo que vivía con su pareja al final no era sostenible", "vamos a buscar la forma para abordar esta insostenible situación en la empresa"... Sostenible, insostenible.

La actitud que acompaña a estas frases, con esta palabra en su afirmación o negación, es básicamente tranquila ( o aparenta), básicamente conciliadora (otra palabrita de moda), dicha por alguien que quiere mantener la serenidad, que no desea conflictos.

Sostener o no sostener... Y ¿qué pasa con "soportar"?. ¿Son sinónimos o no?. No del todo, parece, tiene matices la cosa. Porque decir que es insostenible queda más suave, y si ponemos el "insoportable"... si decimos eso... ¿qué sucede?. ¡Comprobadlo!. Haced la prueba... "Esto me resulta insoportable".

Sí, "insoportable" suena peor podéis decirme. Y pregunto, ¿por qué?. Por la fuerza. Es eso, por la fuerza de la palabra. Hasta el sonido es más fuerte en su fonética, con su "p" y su "t"... Y hemos huido de esa potencia (vaya, también con "p" y "t"), 


Siento que queremos suavizar, quitar hierro, no dar importancia. Por no conflictuar entramos en unas relaciones "light" donde filtramos lo que sentimos y lo que queremos decir, para dejar un mensaje descafeinado y desdibujado. Quizás en ocasiones eso ha ayudado, quizás ha sido procedente actuar de esa forma, pero, ¿no nos estamos pasando?. A veces es bueno llamar a las cosas por su nombre, o por el nombre que primero nos saldría si no utilizásemos tantos filtros. Estaríamos más en contacto con lo que pasa y haríamos llegar el mensaje claro a nuestro interlocutor.

También el recreo se pasó a llamar patio, porque quedaba mal decir recreo al contrastar con las horas de estudio. Pero no por llamarlo patio ha cambiado el sentir de liberación de muchos escolares cuando suena la campana y salen disparados a disfrutar un ratito de expansión y juego.



¿No es insoportable estar todo el rato matizando?